10 de noviembre de 2010

La Transición

En una misma semana, dos célebres escritores patrios se han autorretratado. Pero, sobre todo, han retratado a dos generaciones educadas en ciertos valores (por llamarlos de algún modo) que siguen existiendo, aunque la España que los crió ya no exista. ¿O sí? A Sánchez Dragó le gustan las niñas y también le gusta jactarse de ello. De hecho, la prostitución infantil le parece todo un lujo, tal como contó en Radio Nacional durante aquellos dorados años de movida y modernización socialista. Lo interesante es que este individuo nunca fue un repudiado outsider, sino un presentador de programas culturales en diversas televisiones públicas. Nuestro autor más leído, Pérez Reverte, opinó mientras tanto que, si un ministro llora en público, le faltan «huevos» o es «un mierda» (la antropomorfización es suya). Más allá de sus nostalgias por el honor barroco, cuando los derechos humanos no existían, cabe recordar que nuestro popular novelista pertenece a la Real Academia. Mientras las instituciones, y no sólo las culturales, estén habitadas por estos arquetipos viriles, la Transición seguirá en marcha. Y con qué marcha, coño.