Viajábamos a la playa. El bus iba repleto de gente con auriculares. La pantalla emitía una película de acción. De repente una voz empezó a declamar. «Aviones estrellados contra las Torres.» Ella y yo nos volvimos. «Nube gris sobre Manhattan.» Un hombre sostenía un transistor con la vista extraviada. «Cancelados los vuelos.» Nadie giraba la cabeza. «Los Estados Unidos han quedado aislados.» Los pasajeros seguían atentos a la pantalla. «Una de las torres se desploma.» Ella y yo comprendimos: era un montaje, como el de Orson Welles. «El puente de Brooklyn se colapsa.» Todos permanecían sentados: hace diez años había pocos teléfonos móviles. «El Air Force One evacuando al presidente.» Ella y yo sonreímos. «Todas las embajadas norteamericanas están siendo desalojadas.» Qué buena farsa, dijo ella. «Wall Street clausurado.» Buenísima, dije yo. «Las bolsas se desploman.» El hombre del transistor asentía. «Y ahora cae la otra torre.» Solté una carcajada. «El Pentágono atacado.» Suspiramos de alivio. En la pantalla, borrachas, dos rubias celebraban algo en la barra de un bar.
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11 de septiembre de 2011
26 de enero de 2011
Sed de mal
Rajoy se engolosina, se entusiasma, se autocorona: «España tiene sed de urnas». Viendo su discurso, de pronto me acuerdo de Touch of Evil, la película de Orson Welles que se tradujo como Sed de mal. Curiosamente, la sinopsis oficial de la película concluye diciendo: «Una lucha feroz se desata entre los dos hombres, pues cada uno de ellos tiene pruebas contra el otro». Rajoy argumentará que Zapatero (o Rubalcaba) han estado al timón en tiempos de naufragio. Los otros dos replicarán que él fue el beduino mayor del tristísimo desierto aznarista. Los españoles tienen sed de urnas, amenaza Rajoy. Y ya se sabe que, cuando uno se muere de sed, se conforma con cualquier brebaje.
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