(texto aparecido en el debate "El español y la marca España", convocado por El Cultural)
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5 de noviembre de 2018
Don para la diáspora
Cada vez que resuena el fatigado mantra de la marca España, no puedo evitar cierta perplejidad. Acaso un país sea lo contrario de una marca: una amalgama de contradicciones, matices y vidas imposibles de reducir a un producto uniforme. Igual que no podemos evaluar la educación pública con los criterios de un consejo de accionistas, la riqueza de una lengua y los balances de una empresa requieren diferentes instrumentos de análisis. Por supuesto, no se trata de omitir ingenuamente el factor económico de la vida cultural, ni sus efectos en nuestra experiencia lingüística. Sino de repensar el punto de partida de ese cruce. Sus –nunca mejor dicho– presupuestos. Si de negocios se tratase, estaríamos ante un comercio, un intercambio de riquezas; y no una multinacional pretendiendo dirigir a un puñado de sucursales. Antes de lanzarse a la febril conquista de mercados exteriores, convendría preguntarse por la naturaleza interna de esa presunta mercancía. La realidad de nuestro idioma se parece más a una comunidad sin centro, cuyos hablantes se expresan con horizontal plenitud. Todo intento de forzar esa dinámica (como le consta a cualquier persona familiarizada con Latinoamérica) está destinado al tropiezo, la tensión entre pares o ambas cosas. Si el trabajo conjunto que desempeñan las diversas academias resulta digno de encomio, el trasfondo colonial de su organización parece subsistir: España sería el centro lingüístico; y otros veinte países, paradójicos satélites mayores que su astro. Para comprobarlo, basta con aplicar el razonamiento inverso. A ningún país latinoamericano se le ocurriría considerar nuestro idioma como parte de su política exterior o sus estrategias de expansión. Quizá por mi formación filológica, aún considero que las academias tienen su sentido y utilidad. Pero, para nadar en las aguas del presente, necesitarán algo más que enumerar los americanismos que ingresan al diccionario como inmigrantes recibiendo la venia de una aduana. Necesitarán replantearse la estructura conceptual que las une, sus propias reglas de juego. Por lo demás, la pervivencia del término americanismo no deja de asombrarme. El diccionario no tilda de españolismos al resto de vocablos del idioma, que representa a menos del 10% de la población hispanófona. ¿Cómo hará la tecnocracia para sobreponerse a este dato, sencillo y abrumador como el Romancero? Mucho han cambiado las cosas desde que Américo Castro fuese objeto de una hilarante parodia de Borges, cuyo artículo “Las alarmas del doctor Castro” refutaba hasta el sonrojo unos prejuicios eurocéntricos que parecían presumir la existencia de un Primer Mundo lingüístico. La lengua es de quien la trabaja, la ama, la cuestiona. Es patrimonio de una multitud transatlántica, sin jerarquías impuestas, y ningún país tiene derecho a actuar como su dueño. Sería hora de asumir su indómita diversidad, su don para la diáspora. Y celebrar que, por encima de las luchas de poder, quinientos millones de curiosos podemos entendernos (y debatir) en esta hermosa lengua que balbuceó un genio mestizo llamado César Vallejo.
(texto aparecido en el debate "El español y la marca España", convocado por El Cultural)
(texto aparecido en el debate "El español y la marca España", convocado por El Cultural)
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20 de abril de 2017
La lluvia en el desierto (y 2)
En sus últimos años, Eduardo García fue recuperando y resignificando su Brasil natal. La raíz casi olvidada, lugar de memoria inconsciente. La condición fronteriza no se limita al orden geográfico ni a los dogmas nacionales. Tiene algo de desubicación general, en su sentido más etimológico: sin dónde. De errancia emocional y estética. El regreso simbólico de Eduardo a su primera tierra se completó con el rescate del idioma portugués. Que, para asombro de sus amigos y acaso de sí mismo, había conservado prácticamente intacto tras cuatro décadas de vida en español. Si los duendes internautas no la han borrado, aún circula una filmación del diálogo que mantuvo en Brasilia con su traductor. Imposible evitar una ráfaga de emoción, y también de extrañeza, al escuchar su acento paulista. Aunque apenas hayamos reparado en ello, a Eduardo le tocó escribir en una lengua extranjera. Es probable que su exactitud verbal y escrupulosidad técnica tengan mucho que ver con esa vigilancia de los idiomas adquiridos. Repasando el borrador de sus notas inconclusas, me topé con un lapsus casi imperceptible: «Necesité atravesar un vasto proceso de aprendizaje, en árduo combate con las palabras». No puedo decir que me sorprendiera comprobar que justo así se escribe en portugués. Su querencia por la patria original y la música fue acentuándose con el tiempo. Como si el oído, órgano central de su sensibilidad, fuese el cordón umbilical que lo unía con su memoria. Conservé en mi teléfono todos los mensajes que Eduardo me envió durante los últimos meses. Me sentía incapaz de borrarlos. Como si desterrarlos del aparato equivaliera a despedir a su remitente. Me pregunto adónde van a parar los mensajes que eliminamos. A qué magma de signos, a qué limbo de datos. Mi intención era transcribirlos algún día. Pero eso también se me hacía demasiado árduo. Finalmente se perdieron de la peor manera: me robaron el teléfono ese mismo verano, en pleno duelo. Quizá la muerte sea una ladrona. Y nuestro pensamiento, el malogrado detective. Escribo sobre mi amigo con tapones de goma en los oídos. Así escucho más en mí su respiración, que me acompaña hasta el final del viaje.
(del prólogo al volumen La lluvia en el desierto. Poesía 1995-2016, obra reunida de Eduardo García que acaba de publicar la Fundación Lara en su colección Vandalia.)
1 de febrero de 2016
La Señora
Durante años, en un minúsculo recuadro del diario argentino Página 12, se publicó el mismo anuncio que decía escuetamente: «Señora alemana. Clases y conversación. Alemán. Inglés. Francés». No constaba ninguna dirección o zona de la ciudad. Tampoco se indicaba un correo electrónico, un número de móvil o alguna red social. El único contacto de la anunciante con el mundo exterior era un teléfono fijo. De notable simetría en sus dígitos, por cierto. La Señora no tenía nombre. Igual de hermética resultaba la propia formulación del texto: una alemana enseñando dos idiomas que no eran el suyo. La propuesta quizás habría sonado lógica de haberse mencionado alguna formación específica. Licenciada, traductora, intérprete. Nada de eso parecía necesario para la Señora. ¿Se sugería acaso al improbable lector que, por el mero hecho de ser alemana, su dominio de los demás idiomas quedaba garantizado? Desde aquel lejano día no he salido de aquí, pero hablo con mis guardianes en tres lenguas extranjeras con una perfección que por momentos me asombra.
21 de enero de 2015
Escucha bifurcada (y 2)
Creo que la escritura procede, en buena medida, de una perplejidad ante la lengua materna. Es como si mi oreja derecha escuchase un lugar del idioma, la oreja izquierda otro y mi boca tratase de conciliar las percepciones de ambas. Al principio de mi escolarización en España, este ejercicio me demandaba un esfuerzo considerable. Pero, al cabo de algún tiempo, empezó a convertirse en un mecanismo espontáneo e incluso involuntario. Hoy ya no soy capaz de pensar en castellano sin sospechar de mi propio léxico, sin someter simultáneamente todo lo que digo a una escucha bifurcada.
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29 de agosto de 2014
Cortázar forastero (y 5)
Uno de los aspectos más significativos y menos estudiados de Cortázar es su labor como traductor. No sólo porque lo retrata como lector y viajero, sino también porque ayuda a definir su relación forastera con la lengua propia. El Cortázar que traduce a Yourcenar o Defoe es estéticamente el mismo que lucha con hipnótica dificultad por pronunciar la erre, que se tambalea en Rayuela al reproducir su lejana habla porteña o deconstruye el género novelístico (y la certeza del idioma autorial) en 62 Modelo para armar. Cortázar hablaba fluidamente tres lenguas; la que peor pronunciaba era la materna. Dejó escrito en francés el poeta ecuatoriano Gangotena, recompensado por una rima intraducible: «J’apprends la grammaire/ de ma pensée solitaire». En sus incursiones como poeta menor, Cortázar adquirió la ambición lingüística de los prosistas mayores. Alguien podrá opinar que algo así ocurre con Bolaño. Pero si en él o en Borges su relegado corpus poético resulta por completo reconocible junto al resto de su obra, en el caso de Cortázar los poemas fueron más bien un adiestramiento, el testimonio inquieto de un narrador distinto. En una carta de 1968, le adjunta a su amigo Jonquières un soneto con el siguiente comentario: «Es absolutamente lo contrario de lo que pienso y hago en prosa, y por eso es muy útil como polarización de fuerzas». Precisamente en “Los amigos”, de Preludios y sonetos, encontramos un verso capaz de definir esa sensación de cercanía con que hoy tantos lectores celebran sus primeros cien cumpleaños: «los muertos hablan más, pero al oído». Muchos gritaron más que Cortázar. Pocos supieron, como él, levantar una voz.
4 de abril de 2014
Speechless
Mientras cenábamos en espera del discurso final del Puterbaugh Festival, los comensales repartidos en floridas mesas como en las bodas, media Oklahoma masticando con moderada ebriedad, corbatas, pajaritas, escotes y collares, mi traductor George Henson soltó de golpe sus cubiertos y comenzó a toser y jadear y retorcerse. Intentó ponerse en pie, trastabilló, volcó dos vasos. Con los ojos muy abiertos, progresivamente enrojecido, movía los labios sin articular palabra. Enseguida apareció un profesor de lengua que alzó en brazos al corpulento George, con una facilidad menos atribuible al gimnasio que a la desesperación, y se puso a aplicarle violentos apretones. George no parecía reaccionar. Su mirada adquirió cierta fijeza vítrea, como la fotografía de un espanto. Sus facciones dejaron de temblar. El rubor de las mejillas dio la impresión de opacarse. Cuando lo tumbaron en el suelo para masajearle el pecho, di dos pasos atrás, intentando abarcar la desgracia, y me preparé para la aguda simpleza de lo peor. Los zapatos de mi traductor asomaban, divergentes. El silencio de la sala era quirúrgico. Noté cómo las lágrimas me pinchaban los ojos. Entonces las piernas de George se flexionaron, se lo oyó regurgitar, aullar, y finalmente se incorporó. La sala se elevó con él en un suspiro. Un bocado de carne le colgaba de la solapa, al modo de una rosa quemada en el ojal. En cuanto recuperó el aliento, miró a su alrededor y dijo con asombrosa calma: «I’m afraid I was enjoying too much my dinner». Corrí a abrazarlo. El profesor de lengua se retiró con la discreción calculada de los salvadores. Los invitados regresaron a sus mesas y la cena se reanudó. Además de reordenar nuestras prioridades, George nos recordó drásticamente otras tres cosas. Que los traductores merecen mucha más atención de la que suelen recibir. Que de ellos depende la respiración del relato. Y que, si algún día nos faltasen, de pronto el mundo entero se quedaría sin palabras.
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23 de diciembre de 2013
Lo intraducible
Cuando vi al intérprete sudafricano Thamsanqa Jantjie convertir el discurso protocolario de Obama en una amalgama de tics y repeticiones incomprensibles, recordé que unas semanas antes, durante el cierre administrativo que forzaron los republicanos, una taquígrafa del Congreso de los Estados Unidos había tenido un ataque de nervios en plena votación parlamentaria. Diane Reidy, que llevaba años transcribiendo los discursos de sus señorías, se puso súbitamente en pie, se acercó a un micrófono y empezó a increpar a los congresistas, mientras estos trataban de tomar alguna decisión sobre el caos que ellos mismos habían provocado en el país. Casualidad o no, ambos incidentes nos remiten a un conflicto que parece afectar a todos los ciudadanos de las democracias contemporáneas: el cortocircuito en la transmisión entre el poder y la población. La imposibilidad de traducir el lenguaje político a la realidad ciudadana. El malestar en la representatividad. Presa del pánico, el intérprete sudafricano no encontró la manera de trasladarle a su comunidad lo que estaba diciendo el presidente más significativo del mundo. Presa de la ira, la taquígrafa no se sintió capaz de seguir copiando las intervenciones de los congresistas de su país. En ambos casos uno puede conformarse con la teoría de la locura, que suele distraer los casos más incómodos. O bien tomarlos como síntoma, y preguntarse por qué estos episodios tan extraños y similares han ocurrido ahora. Hoy Mandela es señalado como héroe por el mundo que se autodenomina civilizado. Los últimos presidentes norteamericanos, igual que los líderes del resto de potencias, se han llenado la boca de indigestas alabanzas acerca de su legado. Sin embargo, hace apenas cinco años Mandela continuaba figurando en la lista de terroristas vigilados por los Estados Unidos. Este tipo de desfases radicales entre dicho y hecho, entre discurso oficial y acción política, acaban enloqueciendo a cualquier intérprete. Traductor en shock, el ciudadano medio vive tratando de convencerse de que entiende el discurso de sus representantes, de que hablan idiomas compatibles. Hasta que un día, exhausto, empieza a sufrir alucinaciones. O, aún peor, empieza a hacerse el sordo.
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17 de diciembre de 2013
Idiomas que quisiéramos hablar
LAS COSAS QUE NO HACEMOS
Me gusta que no hagamos las cosas que no hacemos. Me gustan nuestros planes al despertar, cuando el día se sube a nuestra cama como un gato de luz, y que no realizamos porque nos levantamos tarde por haberlos imaginado tanto. Me gusta la cosquilla que insinúan en nuestros músculos los ejercicios que enumeramos sin practicar, los gimnasios a los que nunca vamos, los hábitos saludables que invocamos como si, deseándolos, su resplandor alcanzase nuestros cuerpos. Me gustan las guías de viaje que hojeas con esa atención que tanto te admiro, y cuyos monumentos, calles y museos no llegamos a pisar, fascinados frente a un café con leche. Me gustan los restaurantes a los que no acudimos, las luces de sus velas, el sabor por venir de sus platos. Me gusta cómo queda nuestra casa cuando la describimos con reformas, sus sorprendentes muebles, su ausencia de paredes, sus colores atrevidos. Me gustan las lenguas que quisiéramos hablar y soñamos con aprender el año próximo, mientras nos sonreímos bajo la ducha. Escucho de tus labios esos dulces idiomas hipotéticos, sus palabras me llenan de razones. Me gustan todos los propósitos, declarados o secretos, que incumplimos juntos. Eso es lo que prefiero de compartir la vida. La maravilla abierta en otra parte. Las cosas que no hacemos.
(Celebrando la edición argentina de Hacerse el muerto. Más sobre el libro, aquí. Otros cuentometrajes argentinos: El fusilado y Un suicida risueño.)
13 de septiembre de 2013
Las olimpiadas de lo pequeño (y 2)
Muchos tuvimos una desagradable sensación de pasado, de losa embarrada, al seguir la exposición de la candidatura olímpica de Madrid. Allí estaban, radiantes como una corbata en mitad de un vertedero, el presidente del Gobierno y líder de un partido cuya entera financiación está en gravísima tela de juicio; la accidental alcaldesa y esposa de un ex presidente de cuyo nombre no podemos evitar acordarnos; y también el políglota heredero de una monarquía salpicada de fraudes familiares. Es difícil organizar el futuro apoyándose en lo más cuestionable del pasado. Más allá del tragicómico desempeño de la inenarrable Ana Botella, no parece casual que se trate de una autoridad política que ningún ciudadano madrileño eligió. No sólo porque nunca fuese candidata a su puesto, sino porque en nuestro modelo de democracia las listas electorales son como las partidas presupuestarias: impuestas, tristes y cerradas. Imagino la rabia y frustración que mi generación y las siguientes, acostumbradas a manejar otras lenguas (sin necesidad de haberse educado en un régimen de privilegio como el príncipe), habrán sentido desde España al contemplar cómo sus supuestos representantes se muestran tan incapaces de aprender inglés como de crear empleo. Mientras unos pocos dinosaurios nadan en la abundancia del café con leche, muchos jóvenes se ahogan en varios idiomas a la vez.
22 de julio de 2013
Llamadas a Bolaño (y 4)
Legible como testamento, jocosa y seriamente dedicado a su hepatólogo, el ensayo “Literatura + enfermedad = enfermedad” despliega un zapping ácido por la poesía francesa, la literatura de viajes, las consultas médicas y las ganas de follar (verbo ibérico que a Bolaño le encantaba, acaso por su fricación tan a lo fuck). Estas veinte sobrecogedoras páginas hablan de la escritura como conversación con la muerte, como lucha desde el centro del propio malestar. La conclusión sería que ninguna literatura, incluida la maldita, enferma a nadie. Sino que más bien vive en nuestras enfermedades, síntoma y fruto del afán por sobrevivir. Bolaño vivió durante bastantes años despidiéndose como un moribundo. También trabajó así: con la furia de las últimas oportunidades, con la melancolía vitalista de los enfermos graves. A lo mejor eso es lo que habría que hacer. Escribir siempre como moribundos. Moribundos con salud.
17 de julio de 2013
Llamadas a Bolaño (2)
Si tuviera que destacar alguno de los dones de Bolaño, creo que elegiría la desesperación. Bolaño no narraba historias: las necesitaba. Su escritura tiene una cualidad profundamente agónica. Quizá por eso conmueve tanto, hable de enciclopedias o crímenes, de sexo o metonimias. La narrativa contemporánea, observa en La literatura nazi en América, tiende a la falta de compasión, a la incapacidad «de comprender el dolor y por lo tanto de crear personajes». Bolaño desnuda de golpe la intimidad de sus personajes, mientras estos parecen discurrir sobre pormenores literarios. Su metaliteratura es una maniobra emotiva: nada consta como dato cultural en sus textos, todo está en estertor. El resumen de esta actitud podemos encontrarlo en “Otro cuento ruso”, cuya anécdota transcurre durante la Segunda Guerra Mundial. Sangrando por la boca, con la lengua brutalmente retorcida por unas tenazas, un soldado sevillano intenta gritar coño. Pero emite unos sonidos que sus torturadores interpretan como Kunst. Es decir, arte en alemán. De esta manera «la palabra coño, metamorfoseada en la palabra arte», le salva la vida.
12 de julio de 2013
Anatomía del Señor Respuesta (1)
Inquieto por la decadencia de España sin él, el ex estadista Aznar insiste últimamente en recordarnos su cara y sus caretas. Bien nos consta que Bush, en aquel rancho donde los zapatos eran más altos que las mesas, lo llamaba Anser. Tampoco era mal nombre, porque Anser suena a answer, y hoy Aznar viene teniendo respuesta para todo: la crisis, el paro, las relaciones internacionales, la reforma fiscal. Hasta para la burbuja inmobiliaria que, con fervoroso patriotismo, él mismo se encargó de inflar. El señor Respuesta, como todos los ex salvadores, resulta prodigiosamente eficaz cuando gobierna de manera imaginaria. No hay nada como aprender del desastre propio. Más impropio, no obstante, le ha quedado el bigote, sumido en tiempos de recorte. El bigote del señor Aznar ha dejado de pertenecerle, como si se lo hubieran privatizado o tuviese problemas de déficit. El cabello, eso sí, continúa en su puesto. Firme, inalterable. Pelo en forma de dogma. La ideología empieza en la cabeza, y sin duda el señor Respuesta piensa con el pelo. Observando sus imágenes recientes, da la impresión de que le cae holgado el traje, a lo Camps. Como si la ex presidencia le quedara grande. Incluso la corbata le queda un poco más larga. Como si le pesase. Como si de esa corbata pendieran las armas de destrucción masiva, el 11-M, su despedida en falso, la medalla del Congreso de Estados Unidos, la ley del suelo, la trama Gürtel y demás complementos de moda. No sabemos por qué hay serias contradicciones entre las declaraciones tributarias de la FAES y las facturas de las empresas Gürtel que contrató la propia fundación. Lo que sí sabemos es que la firma patrimonial de Aznar ingresó por sus actividades privadas casi un millón de euros en apenas dos años. Al parecer, el anterior Gobierno financió con dinero público los viajes del Señor Respuesta al extranjero, sin especificar si fueron por compromisos privados y remunerados. Quizá se trató de pequeños estímulos para un joven emprendedor, de esos que tanto abundan en esta España que nos han dejado las corbatas, los oráculos y los tecnócratas.
26 de junio de 2013
Poema de las dicciones
Magulladura, mela, eclíptico. ¡Son tantas las palabras que nunca voy a usar, que aguardan una boca disponible! Hurgón, dicterio, chifla. ¿Qué pasan a nombrar sin nadie que las diga? Antífona, estipendio, montaraz. Mi boca es herramienta de cierto balbuceo que empieza antes de mí. Alhorre, malandrín, quebrantaolas. No quisiera morirme sin lamer, una vez por lo menos, cada vocablo que riega la lengua. Girola, rantifuso, zascandil. Sería parecido a despedirse mudo. Balumba, matrería, dovelar. Y la mudez, a cierta edad lingüística, es todo lo contrario del silencio. Atarantar, ultílogo, soniche. El silencio, que tiene propiedad de balance, partitura en el coro. Poterna, tramontar y, sin duda, aldabón.
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24 de mayo de 2013
El aguijón
Relacionarse con otros idiomas tiene cuando menos dos grandes utilidades. Una es comunicativa: entenderse con otros, multiplicar nuestra conversación con la realidad. La otra es introspectiva: cuestionar el habla materna. Desde una gramática lejana, es posible visualizar la potencial extranjería de la identidad propia. Asisto en Londres a una charla del traductor inglés de Ismail Kadare. Escuchándolo aprendo que la lengua albanesa tiene dos verbos distintos para morir. Uno se emplea para los animales en general. El otro se reserva exclusivamente para los seres humanos y las abejas. Me pregunto qué metáfora revolotea en semejante asociación. El aguijón, aquello que le otorga identidad a la abeja, es también su parte más mortal. La abeja sólo puede penetrar una vez el otro lado. Agónica, se realiza extinguiéndose. Debe de ser extraño ese último instante de su vuelo, cuando lo natural, lo más nativo en ella, se convierte en máxima distancia. La muerte es un idioma puntiagudo. Cuando aprende a hablarlo, su hablante queda en silencio.
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25 de enero de 2013
Conversaciones con mi traductora (y su vecina)
«Querido Andrés:
¿podrías darme algunos sinónimos de 'pene' en español, que usen los jóvenes hoy en día? No es que después de traducir tu libro de pronto quiera extender mi vocabulario en el terreno sexual. Es que mi vecina (que es escritora) está escribiendo una escena donde unos jóvenes holandeses, de vacaciones en la Costa Brava, han aprendido ciertas palabras de unos jóvenes españoles. Yo no pude pensar en nada más que 'pico', pero a mi vecina no le gustó porque se parece mucho al vocablo holandés. Supongo que tú conoces varios más. Saludos.»
¿podrías darme algunos sinónimos de 'pene' en español, que usen los jóvenes hoy en día? No es que después de traducir tu libro de pronto quiera extender mi vocabulario en el terreno sexual. Es que mi vecina (que es escritora) está escribiendo una escena donde unos jóvenes holandeses, de vacaciones en la Costa Brava, han aprendido ciertas palabras de unos jóvenes españoles. Yo no pude pensar en nada más que 'pico', pero a mi vecina no le gustó porque se parece mucho al vocablo holandés. Supongo que tú conoces varios más. Saludos.»
«Querida Corrie:
respecto al miembro viril en España, ahí van algunos sinónimos ('pico' no lo he oído jamás por aquí, tu vecina tiene razón). El ubicuo 'polla' es el más coloquial en toda España. 'Rabo' quizá suene más madrileño, igual que 'picha' suena más andaluz. El etimológico 'verga' funcionaría como latinoamericano en general, mientras el contundente 'poronga', 'trozo' y sobre todo 'pija' sonarían específicamente argentinos. El ruboroso 'pito' tendría connotaciones infantiles en todo el mundo hispano. Hasta aquí, mis genitales. A partir de aquí, mi abrazo.»
respecto al miembro viril en España, ahí van algunos sinónimos ('pico' no lo he oído jamás por aquí, tu vecina tiene razón). El ubicuo 'polla' es el más coloquial en toda España. 'Rabo' quizá suene más madrileño, igual que 'picha' suena más andaluz. El etimológico 'verga' funcionaría como latinoamericano en general, mientras el contundente 'poronga', 'trozo' y sobre todo 'pija' sonarían específicamente argentinos. El ruboroso 'pito' tendría connotaciones infantiles en todo el mundo hispano. Hasta aquí, mis genitales. A partir de aquí, mi abrazo.»
«Hola, Andrés.
Le he pasado tus genitales a mi vecina. Ella te lo agradece mucho. Un abrazo, Corrie.»
Le he pasado tus genitales a mi vecina. Ella te lo agradece mucho. Un abrazo, Corrie.»
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7 de diciembre de 2012
Un matiz desesperado
Existe una diferencia brutal entre ocio y placer. El ocio cancela el tiempo, olvida su circunstancia, sucede como fuera de contexto. El placer es, en cambio, agudamente consciente del tiempo y sus pérdidas. Demasiado al tanto de nuestra mortalidad, el placer supone entonces una forma de resistencia. Los desesperados no se lanzan al sexo simplemente para huir. Sino para comprobar que siguen vivos. Que sus cuerpos conservan la capacidad de protestar ante el dolor, de darle réplica. Ocio: vacaciones. Placer: prórroga.
29 de octubre de 2012
Orgasmo de frontera
Por no sentirme tan acomplejada ante los conocimientos científicos de Ezequiel, le he enumerado los distintos verbos que existen en español para nombrar un orgasmo. En Cuba, por ejemplo, le dicen venirse. Ese infinitivo me gusta porque sugiere un acercamiento a alguien. Es un verbo para dos. Y bastante unisex. En España le dicen correrse. Que supone más bien lo contrario. Despegarse al final, alejarse del otro. Es un infinitivo para machos. En Argentina le dicen acabar. Suena como una orden. Parece una maniobra militar. Tengo una amiga peruana que lo llama llegar. Dicho así, se vuelve casi una utopía (y muchas veces lo es). Como si estuvieras lejos o te hiciera falta más tiempo. Su marido dice darla. Interesante. Suena a ofrenda. O, siendo pesimista, a un favor que te hacen: ahí tienes. Siendo así, tampoco me extraña que mi amiga no llegue. En Guatemala se usa irse. Eso ya es un abandono declarado. Sólo les faltaría añadir: después de pagar. En otros países dicen terminar. Frustrante. Suena a que se abre la puerta, te interrumpen y te quedas a medias. En cambio aquí, quizá porque somos de frontera, le decimos cruzar.
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15 de agosto de 2012
Con perdón de Petrarca
Hay quien supone, barroco, que rimar es difícil. Que un
poema en versos blancos, sin ecos a la vista, exige menor tensión formal
que la paciente, minuciosa simetría de las consonancias. Sin
embargo, durante la escritura muchas de las rimas surgen por inercia: es lo primero que el oído
le sugiere a un versificador, que necesita desconfiar de ellas. O bien surgen por azar:
en todo borrador es posible detectar rimas involuntarias, a menudo complicadas
de suprimir. O bien surgen por mera imperfección, porque los sustantivos, infinitivos, adverbios riman empecinadamente entre sí. Paso la noche traduciendo a un
poeta contemporáneo del inglés al español. Y descubro pasmado que cada final de
verso, al ser traducido literalmente, causa rimas regulares en mi idioma. See-mirror: veo-espejo. Neck-grandfather: cuello-abuelo. Hair-jealousy: pelo-celos. Casi al alba, realizando un
sostenido ejercicio de manipulación, logro deshacer esas extrañas
consonancias que ni poeta ni traductor buscaban. Entonces se me ocurre que, si metiera
entero este poema en el traductor de google, con perdón de Petrarca, me saldría
un soneto.
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24 de julio de 2012
Obras menores, genios mayores
Hay dos maneras opuestas de acercarse a los maestros. O esperamos tanto de ellos que, por culpa de su pasado, jamás nos satisfacen. O asumimos la improbabilidad de que se superen y, por si acaso, nos preparamos para un bache. Esta semana he visto consecutivamente To Rome with Love de Woody Allen y Dark Shadows de Tim Burton. Me senté casi resignado a presenciar un desliz en dos genios que me interesan hasta cuando me defraudan. El primero venía de un drama fallido (Vicky Cristina Barcelona) y un cliché romanticón (Midnight in Paris). El segundo, de un musical exasperante (Sweeney Todd) y una decepción lujosa (Alicia en el país de las maravillas). Pero también les debemos milagros como Bullets Over Broadway o Big Fish. Y esas cosas, a diferencia del matrimonio, nos generan cierta lealtad hasta la muerte. Así que fui. Pese a las malas críticas. Pese a todos los augurios. Y, francamente, las disfruté. La de Allen contiene algunos diálogos con los reflejos de antaño y una ocurrencia gloriosa: esa ducha en la ópera. La de Burton despliega un virtuosismo deslumbrante en las actuaciones y asocia el vampirismo, el rock y la poesía romántica. Ambas brillan al principio y decaen al final. Ambas dependen de sus versiones originales: la mezcla permanente de inglés e italiano en la de Allen, la exquisita parodia del acento británico en la de Burton, resultan imposibles de doblar. Y ambas están, aleluya, escritas con humor e inteligencia. Es más de lo que ofrece casi cualquier estreno.
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29 de junio de 2012
Traducirnos
Amor y traducción se parecen
en su gramática. Querer a alguien implica transformar sus palabras en las
propias. Esforzarnos en entender a la otra persona e, inevitablemente, malinterpretarla.
Construir un precario lenguaje en común. Para traducir un texto hace falta
desearlo, codiciar su sentido, cierta necesidad de poseer su voz. El amante se
mira en la persona amada buscando semejanzas en las diferencias. Quien traduce
se acerca a una presencia extraña en cuya identidad, de alguna forma, se ha
reconocido. Traductores y amantes desarrollan una susceptibilidad casi maníaca.
Dudan de cada palabra, cada gesto, cada insinuación que surge enfrente.
Sospechan celosamente de cuanto escuchan: ¿qué habrá querido decirme en realidad?
En ese diálogo que alterna costumbre y fascinación, conocimiento previo y
aprendizaje en marcha, ambas partes salen modificadas. Tanto amando como traduciendo,
la intención del otro se topa con el límite de mi experiencia. Para que esto funcione, hará falta que admitamos los obstáculos: no vamos a poder leernos literalmente. Voy a manipularte con mi
mejor voluntad. Lo que no se negocia es la emoción.
(fragmento del artículo publicado en la Revista Ñ, 22-06-2012)
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