4 de octubre de 2017

No espera para irse


Ayer se apareció ante mí bajo la forma
de dos gomas violetas que apretaban un ramito de espárragos:
una felicidad pequeña, variedad jardín, nada que ver 
con la conversación inmensa y de piernas cruzadas que tuvimos 
en la cama unos diez años atrás, o cuando apareció
como un espacio fino en una boca ligeramente abierta
que escuchaba a un amigo culpando a los demás
con una precisión casi cruel; la sensación de ser reconocido
al hacerse un espacio en esa boca que fue felicidad.
Estaba la felicidad de mi madre, sentados en un bus
de Londres, por haber viajado sola para ver a su hijo,
y parecía mucho más presente que todo el equipaje
que estábamos llevando y que pesaba tanto como su felicidad,
o que era acaso su felicidad. Es infrecuente
una felicidad de nuez como la que dejamos que reparta mi padre
cuando se pone muy sentimental, avergonzándonos a todos.
Y, por supuesto, el bobo sombrerito de felicidad que los niños
nos plantan cada vez que imitan el saber. O cuando me detengo
en algún escalón, inhalándola y exhalándola,
y permanecen la muerte y lo muerto que hay después de morirse,
susurrando una especie de canción sobre ella. O
a solas contigo, viendo televisión, cuando todos se deprimen
como troncos podridos por aquello que más nos importa,
porque -por muchas formas y grados que presente- la conocemos,
porque no siempre llega, y no espera para irse.


[poema original: 
“Happiness”, de JACK UNDERWOOD.
De su libro Happiness, Faber & Faber, Londres, 2013.
Traducción: Andrés Neuman.]

17 de septiembre de 2017

Espuma y permanencia

Cuando conocí a Juan Casamayor y me confesó su inverosímil proyecto, de inmediato pensé: yo quiero fracasar con este tipo. Se proponía levantar una editorial íntegramente dedicada al cuento y al ensayo literario. Sin novelas, best-sellers ni celebridades. Cuyo catálogo fuese mitad latinoamericano, mitad ibérico. Lo miré a los ojos y me di cuenta de que hablaba solemnemente en serio. Juan medía metro y medio de sueños. Me dijo que de joven había escalado montañas. Nos fuimos a comer juntos a algún bar de Madrid. Él masticaba lento y digería rápido, lo cual me confirmó que estaba condenado a ser editor. Brindamos. Reímos. E hicimos toda clase de planes insensatos que, para mi sorpresa, fueron cumpliéndose puntualmente. Así funciona Página de Espuma: una mezcla de reloj germánico y familia de puertas abiertas. Tan indie en sus maneras como profesional en su orden. Por supuesto, la historia no estaría completa sin su coprotagonista, Encarnación Molina, que ha hecho de todo en todos los frentes: fundación, autores, edición, librerías y otras magias. Por no decir que incluso el nombre del sello, tomado del verso de un poeta amigo, fue idea suya. De aquel primer encuentro con Casamayor hace ya casi veinte años. Vertiginosos e intensos como un relato bien contado. Años de crecimiento, transformaciones y sobresaltos económicos, a su vez convertidos en ocasión de reafirmar las propias convicciones. Hoy el catálogo de Páginas de Espuma ofrece a muchos de los mejores narradores de ambas orillas. Y Juan acaba de recibir el premio al Mérito Editorial de la FIL de Guadalajara. Reconocimiento que, en vez de coronar una trayectoria, subraya una plenitud. La feria más grande del idioma celebra a la editorial con más cuento. No sé por qué, parece lógico.

19 de julio de 2017

Entrar

Miércoles. Medianoche. Silencio colectivo. Un barrio residencial del Londres del Brexit, la islamofobia y el terrorismo súbito. Llaman al timbre de la casa. Una casa a ras de calle, expuesta, de cristales amplios. Al otro lado de la puerta y del mundo, un joven con barba y apariencia perturbada nos dice: Can I come in? Sobresaltados, contestamos que no. Por supuesto que no. Entonces el joven con barba pregunta: Why? No dice nada más. No pierde la calma, ni nos insulta, ni patea la puerta. Simplemente nos pregunta por qué. Seguimos sin tener una buena respuesta después de cerrar con llave por dentro.

20 de abril de 2017

La lluvia en el desierto (y 2)

En sus últimos años, Eduardo García fue recuperando y resignificando su Brasil natal. La raíz casi olvidada, lugar de memoria inconsciente. La condición fronteriza no se limita al orden geográfico ni a los dogmas nacionales. Tiene algo de desubicación general, en su sentido más etimológico: sin dónde. De errancia emocional y estética. El regreso simbólico de Eduardo a su primera tierra se completó con el rescate del idioma portugués. Que, para asombro de sus amigos y acaso de sí mismo, había conservado prácticamente intacto tras cuatro décadas de vida en español. Si los duendes internautas no la han borrado, aún circula una filmación del diálogo que mantuvo en Brasilia con su traductor. Imposible evitar una ráfaga de emoción, y también de extrañeza, al escuchar su acento paulista. Aunque apenas hayamos reparado en ello, a Eduardo le tocó escribir en una lengua extranjera. Es probable que su exactitud verbal y escrupulosidad técnica tengan mucho que ver con esa vigilancia de los idiomas adquiridos. Repasando el borrador de sus notas inconclusas, me topé con un lapsus casi imperceptible: «Necesité atravesar un vasto proceso de aprendizaje, en árduo combate con las palabras». No puedo decir que me sorprendiera comprobar que justo así se escribe en portugués. Su querencia por la patria original y la música fue acentuándose con el tiempo. Como si el oído, órgano central de su sensibilidad, fuese el cordón umbilical que lo unía con su memoria. Conservé en mi teléfono todos los mensajes que Eduardo me envió durante los últimos meses. Me sentía incapaz de borrarlos. Como si desterrarlos del aparato equivaliera a despedir a su remitente. Me pregunto adónde van a parar los mensajes que eliminamos. A qué magma de signos, a qué limbo de datos. Mi intención era transcribirlos algún día. Pero eso también se me hacía demasiado árduo. Finalmente se perdieron de la peor manera: me robaron el teléfono ese mismo verano, en pleno duelo. Quizá la muerte sea una ladrona. Y nuestro pensamiento, el malogrado detective. Escribo sobre mi amigo con tapones de goma en los oídos. Así escucho más en mí su respiración, que me acompaña hasta el final del viaje.

(del prólogo al volumen La lluvia en el desierto. Poesía 1995-2016, obra reunida de Eduardo García que acaba de publicar la Fundación Lara en su colección Vandalia.)

18 de abril de 2017

La lluvia en el desierto (1)

Una vez, hace años, un mediodía de lluvia, el poeta Eduardo García se dirigía en su coche a la costa de Granada. Yo viajaba a su lado. Nos disponíamos a pasar una de nuestras sesiones herméticas. Que consistían en encerrarnos juntos, preferentemente junto al mar, a ejercer el ritual de tacharnos sin tregua. A no salir de los poemas del otro. La playa funcionaba como borde de página. Como punto final. Por eso la buscábamos con nuestros manuscritos: para alisar la arena. Eduardo conducía con atenta velocidad, la misma con la que hablaba. Lo veo absorto en el movimiento. Fluyendo hacia su camino. Apretando el volante con una sola mano. Mucho más convencido que seguro. De golpe, su otra mano saltó hacia el volante. Alcancé a ver una mancha de color girando. Se oyeron frenos. Nuestros cuerpos se doblaron. El cristal se emborronó y ya no pudo leerse nada en él. Cerré los ojos. Cuando volví a abrirlos, nos miramos con la mezcla de espanto y alivio de quien emerge de un mal sueño. Asomé la cabeza por la ventanilla. El otro coche, que acababa de resbalar y hacer un trompo justo delante de nosotros, yacía accidentado al borde de la carretera. Los reflejos de Eduardo nos habían salvado la vida. El cielo chorreaba. Viajábamos al pueblo costero de La Herradura. Que, si la tradición no engaña, es palabra de suerte. Desde entonces —mucho más tras la temprana pérdida de Eduardo— no dejo de pensar que él se quedó allá, en aquel mediodía. Que, en esa encrucijada, mi amigo me legó el tiempo que le quedaba. Que, en paralelo a sus inolvidables poemas donde alguien se desdobla o se bifurca, él tomó el otro desvío de la suerte. Quizá los verdaderos poetas sean esos. Los que nos inducen a recordarlos en su propio estilo. A revivirlos como si nuestra memoria la hubieran escrito ellos.


(del prólogo al volumen La lluvia en el desierto. Poesía 1995-2016obra reunida de Eduardo García que acaba de publicar la Fundación Lara en su colección Vandalia.)

21 de marzo de 2017

Le regalé una lupa a mi maestro


Era casi minúscula y gigante
como su colección de ojos.
En sus últimos años
—y to­dos fueron últimos—
no podía leer sin esa ayuda.
La ayuda es ilegible.

Movía su barriga entre paréntesis
arrastrando su máquina de oxígeno.
Fumaba sus hipérboles.
Tenía un surrealismo de víscera de campo.
De niño confundía caballo con papá.

Cierto día me dijo que soñó
con un hombre colgado de una soga:
un pie descalzo, el otro
con una media negra,
que llaman calcetín
a este lado del mar.
¿Por qué tenía pies que discrepaban?,
se preguntaba insomne mi maestro.

Cuando fui a dar el pésame
vi la lupa dormida
sobre una hoja en blanco,
aumentando el silencio.



(Poema inédito. En el Día Mundial de la Poesía
y en memoria de José Viñals, maestro en permanente aniversario)

8 de enero de 2017

Piglia y (su otro) yo

Sin Ricardo Piglia, nuestra idea de la literatura sería más miope. Ese legado excede su obra: ha conseguido instalarse en nuestro software lector. Parecía imposible repensar la literatura desde donde la dejó Borges, y construir con semejante punto de partida una lógica original y un tono propio. Esa proeza, entre otras, la logró Piglia con naturalidad. Como teórico, demostró ser un narrador ejemplar. Como narrador, se convirtió en un teórico inigualable. Sinergia que propone un modelo mucho más fértil que cualquier academia. Con su examen en clave de las violencias históricas, Respiración artificial nos mostró hasta qué punto el hermetismo puede ser una respuesta política. Cómo toda escritura entre líneas funda una máquina de monstruos y metáforas. Y que todo soliloquio es, tal vez, una carta dirigida a otra clase de yo. A cierta identidad que sólo toma cuerpo en la acción imaginaria. Formas breves contiene algunos de los ensayos literarios que más me han cautivado. El ojo escrutador de Piglia era capaz de investigar cualquier asunto en clave policíaca, incluido el psicoanálisis o la memoria propia. Esa mirada transformaba la naturaleza del material, no tanto interpretándolo como reescribiéndolo, sumándole una capa de autoría. En eso fue radicalmente borgeano. Sólo que él expandió su horizonte a dos terrenos en los que Borges eludía aventurarse: las vanguardias históricas y los conflictos políticos. Justo ahí es donde intervienen sus otros dos referentes nacionales, Macedonio y Arlt. En ese sentido, más que perturbar el canon, Piglia lo reordenó magistralmente. En la segunda entrega de sus diarios (que movilizan una pregunta sobre la ficción de la identidad, y viceversa), su álter ego Renzi observa que «hablar de escrituras del Yo es una ingenuidad, porque no existe el yo al que esa escritura pueda referir». Después agrega: «Nosotros no éramos, pero vivíamos así». Piglia cultivó una educación y una elegancia personal poco frecuentes. Tengo el convencimiento de que esa actitud íntima es parte de su trabajo estético. Al fin y al cabo, él mismo nos enseñó que la vida va escribiéndose. En su caso, hasta el último instante de la conciencia, ese blanco nocturno.