25 de abril de 2016

Barbarismos en Argentina

(Celebrando la edición argentina de Barbarismos. Detalles, aquí.)


amar. Verbo irregular.

baño. Biblioteca sin prestigio.

corazón. Músculo peculiar que, en vez de levantar peso, lo acumula.

democracia. Ruina griega.

escuchar. Extraer música del ruido. || 2. Acción y efecto de prepararse para interrumpir.

ficción. Acontecimiento que aspira a suceder.  

goleador. Individuo que celebra lo que merecieron otros.

humor. Facultad de parodiar las propias convicciones, o sea, de pensar. || 2. ~ negro: ejercicio mediante el cual un humorista comprueba si sigue vivo.

imperfección. Perfección mejorada por el escepticismo.

jeta. Rostro, unos años más tarde.

kitsch. Mal gusto de buen gusto.

leer. Acción y efecto de vivir dos veces.

maternidad. Momento de plenitud de una trabajadora antes de ser despedida.

noviazgo. Período durante el cual dos enamorados hacen todo lo posible por no conocerse.

ñu. Especie rumiante protegida con el noble fin de que no se extingan los crucigramas.

orilla. Mitad de un lugar. || 2. Comienzo del puente.

política. Campaña electoral ocasionalmente interrumpida por la acción de gobierno.

quietud. Estado sumamente improbable.

reconciliación. Tregua acordada entre dos cónyuges con el objeto de perfeccionar su ruptura. || 2. ~ nacional: desmemoria pactada entre dos bandos que se recuerdan perfectamente.

sexo. Episodio carnal que les sucede a otros. 

traducción. Único modo humano de leer y escribir al mismo tiempo. || 2. Texto original que se inspira en otro. 

universidad. Necrópolis con cafetería.

viejo. Joven tomado por sorpresa.

whisky. Lujo del hielo.

xenófobo. Individuo al que le repugnan sus propios ancestros.

yo. Conjetura filosófica.

zen. Estado que precede al ataque de nervios.

19 de abril de 2016

Ese viento obstinado


                            A la memoria de Eduardo García, poeta

En un amigo caben
—como en ese cajón donde se encuentra
de pronto algo perdido—
la linterna sin pilas
y la costilla rota,
el fósforo quemado
y el páncreas para nada,
los anteojos que ya no pueden ver
o tu propia pupila.

Si esta mano operase en el cajón
y revolviese, amigo, tu comienzo
¿acaso no derrocharíamos
con feliz reincidencia
las mismas energías que te faltan?

Ese viento obstinado era deseo.
Ese empecinamiento se llamaba vida.



12 de abril de 2016

Algunas perplejidades democráticas (4)


4. La unanimidad interna como falsa virtud: la democracia española no sólo está acostumbrada al bipartidismo, sino también a que los partidos rocen la disciplina militar a la hora de posicionarse en público. Más allá de su imagen, resulta sencillo percibir las diferencias entre ellos por el modo de seguir a sus líderes, cuestionar la línea oficial y fomentar u ocultar sus propios debates. Resulta paradójico que quienes acusan a Podemos de personalismo o autoritarismo populista critiquen, al mismo tiempo, las transparentes discrepancias públicas entre sus miembros. El hecho de que Errejón declare simultáneamente algunos desacuerdos con Iglesias y su compromiso con el movimiento que ambos fundaron, ¿no supone un insólito signo de madurez en la política nacional? ¿Sería un número dos de Ciudadanos, PP o PSOE capaz de un gesto similar? ¿Se lo permitiría su partido? Que un anterior adversario interno de la cúpula de Podemos como Echenique haya sido incorporado a la misma no hace más, en términos ideológicos, que confirmar la vitalidad del proyecto. No parece que pueda decirse lo mismo de los socialistas con respecto a Madina o Pérez Tapias, ambos postergados dentro de un partido al que tanto contribuyeron. El caso de Ciudadanos es aún más drástico, ya que desconocemos incluso si uno solo de sus miembros relevantes ha discrepado alguna vez en su vida, aunque sea sin querer, de su omnipresente líder. Lo que el poder llama unión suele ser una representación de la verticalidad, así como la división suele equivaler a la libertad para discutir entre pares. ¿Por qué no nos parecen democráticamente más fiables los partidos capaces de evolucionar desde la discrepancia interior y la autocrítica? Acaso la respuesta a este interrogante nos representaría más que nuestro voto en las urnas.

11 de abril de 2016

Algunas perplejidades democráticas (3)


3. La escenificación del diálogo como precampaña electoral: más allá de las simpatías y preferencias de cada cual, el pacto entre PSOE y Ciudadanos no parece un acuerdo verdaderamente concebido para formar un Gobierno. Que ninguno de los dos haya puesto demasiado interés en alcanzar primero un acuerdo con sus respectivos interlocutores naturales (PSOE con Podemos e IU, Ciudadanos con el PP) delata una voluntad más estratégica que parlamentaria. El PSOE sabía desde el principio que Podemos jamás apoyaría una coalición con Ciudadanos, pero que podría vender esta resistencia como una negación del diálogo. Y Ciudadanos sabía de antemano que el PP jamás aceptaría que los socialistas los desplazasen del Gobierno. Ambas partes han preferido, por tanto, formular una propuesta con las mínimas opciones posibles de prosperar. Por eso su alianza tiene todo el aspecto de un calculado callejón sin salida, cuya consecuencia sería una repetición electoral de la que a su vez responsabilizarían a otros partidos, con la expectativa de mejorar sus decepcionantes resultados de diciembre. Que una táctica de esta naturaleza fuese capaz de confundir al electorado sentaría un peligroso precedente.

8 de abril de 2016

Algunas perplejidades democráticas (1-2)


1. La encuesta como virus dirigido, más que como termómetro ciudadano: no se trata en absoluto de una tendencia nueva, pero los últimos años de política nacional la han agudizado hasta límites insólitos. Los conglomerados mediáticos han adquirido la mala costumbre de preguntarnos una y otra vez lo mismo, con breves intervalos de un asfixiante bombardeo informativo en la dirección deseada, hasta que la encuesta finalmente arroje los resultados que se perseguían desde un principio. Llegados a ese punto, por supuesto, procederán a ilustrarnos acerca de la voluntad popular, aplaudiéndola con democrático entusiasmo. 

2. El mito conservador de la estabilidad: en una democracia digna de ese nombre, la dinámica parlamentaria precisa ser mucho más compleja y dialéctica que la mera alternancia entre mayorías absolutas, limitadas a aplicar la disciplina de voto e ignorar sistemáticamente el resto de opiniones y propuestas. En plena cuarta década de democracia en España, no parece precipitado empezar a introducir los matices, el debate continuo y la negociación multilateral (con sus consustanciales dificultades) como práctica normalizada, y no como incómoda excepcionalidad. En este sentido, cabría afirmar que el país no está viviendo una grave crisis institucional, sino que acaso esté encaminándose hacia la madurez de sus órganos representativos. Conviene mantenerse alerta frente a la nostalgia de los absolutismos parlamentarios, transmutados en eufemismos tales como gobierno fuerte, estabilidad, gobernabilidad y otras yerbas contrarreformistas. Una autoridad obligada a pactar cada decisión nunca será débil, sino sencillamente saludable.

3 de marzo de 2016

Aún no mi madre


Ayer me tropecé con una foto
tuya con diecisiete,
sujetando un caballo y sonriendo,
aún no mi madre.

La gorrita ocultaba tus cabellos,
tus pantorrillas largas eran las de un varón.
Sujetabas las riendas, con la mano
un puño por debajo de su enorme mandíbula. 

Los árboles al viento inmóviles al fondo.
El cielo granulado por la antigua película.
Pero lo que realmente me impactó fue tu cara:
la mía.

Creí que tú eras yo por un instante. 
Hasta que vi el abrigo de mujer
ceñido en la cintura, los pantalones anchos
y la fecha arañada en una esquina.

Entonces confirmé que esa eras tú con diecisiete,
sujetando un caballo y sonriendo,
aún no mi madre,
aunque yo claramente ya era tu hijo.


(Poema de Owen Sheers. Del libro El hombre sombra, 
Editorial Pre-Textos, 2016. Traducido por Andrés Neuman.
Leer original. Más poemas de Sheers: Bosque de Mametz y La boda.)

1 de febrero de 2016

La Señora

Durante años, en un minúsculo recuadro del diario argentino Página 12, se publicó el mismo anuncio que decía escuetamente: «Señora alemana. Clases y conversación. Alemán. Inglés. Francés». No constaba ninguna dirección o zona de la ciudad. Tampoco se indicaba un correo electrónico, un número de móvil o alguna red social. El único contacto de la anunciante con el mundo exterior era un teléfono fijo. De notable simetría en sus dígitos, por cierto. La Señora no tenía nombre. Igual de hermética resultaba la propia formulación del texto: una alemana enseñando dos idiomas que no eran el suyo. La propuesta quizás habría sonado lógica de haberse mencionado alguna formación específica. Licenciada, traductora, intérprete. Nada de eso parecía necesario para la Señora. ¿Se sugería acaso al improbable lector que, por el mero hecho de ser alemana, su dominio de los demás idiomas quedaba garantizado? Desde aquel lejano día no he salido de aquí, pero hablo con mis guardianes en tres lenguas extranjeras con una perfección que por momentos me asombra.

11 de enero de 2016

Where the Fuck Did Monday Go?


1. 
Cuando oscurece,
relucen las estrellas como hielo, y el espacio que cruzan
esconde alguna cosa elemental. No Dios exactamente. Quizá más
como un ser a lo Bowie en purpurina, estrecho de caderas: 
un Starman, as cósmico planeando, balanceándose,
muriendo por hacernos entender.
(...)

2.
No deja pistas. Pasa inadvertido, rápido como un gato. Eso
es Bowie para ti: Papa del Pop, coqueto como Cristo. Una obra
adentro de otra obra, él está dos veces registrado.
(...)

3.
Bowie, quiero creerte. Sentir tu voluntad
igual que el viento antes de la lluvia.
Como quien simplemente todo lo obedece
dejándose llevar por esa danza hipnótica,
como si algo con el poder de hacerlo
hubiera alzado la mirada y dicho:
                                                 Adelante.


(Fragmentos del poema "Don't You Wonder, Sometimes?", del libro Life on Mars de Tracy K. Smith, traducidos por Andrés Neuman. Existe también una edición española: Vida en Marte, con traducción de Luna Miguel. El título del post cita un verso de Girl Loves Me, canción del nuevo y póstumo disco de David Bowie, Blackstar.)

21 de diciembre de 2015

Balada de los esqueletos


Dijo el esqueleto presidencial:
No pagaré el recibo.
Dijo el esqueleto portavoz:
No te hagas el vivo.

Dijo el esqueleto diputado:
¡Señorías, protesto!
Dijo el esqueleto de la Corte Suprema:
¿Qué esperabas de esto?

Dijo el esqueleto de Buda:
La compasión es virtud.
Dijo el esqueleto empresarial:
Y empeora la salud.



(Estrofas extraídas de Ballad of the Skeletons, de Allen Ginsberg.
Versión en español: Andrés Neuman.)

16 de diciembre de 2015

Breve gramática del poder


Poder es sustantivo: se sustenta a sí mismo. Y es también infinitivo: no lo conjuga nadie, no tiene en cuenta a sus hablantes diarios.
Puedo se queda solo ante todos los circunstanciales.
Puedes tiene costumbre de delegar su acción en otro.
Puede se aferra al líder, al protector, al sujeto de enfrente. 
Podéis ordena mientras, omitido, su sujeto descansa. 
Pueden guarda silencio en voz pasiva.
Podemos, finalmente, ansía conjugarse en plural y en futuro.
Por lo tanto, podremos.


30 de octubre de 2015

De pies y manos


No entiendo nada,
voy viviendo de oído.
A cierto ritmo la cojera es virtud.
Pie mío, no te espantes,
esta bifurcación es tuya.

Quisiera lo contrario: así razono.
Cada vez que reitero
me sorprendo a propósito,
como hacen los niños.

El puñado de sal,
eso teme la mano
cuando evita la praxis.
Si me toco en tu nombre
revoluciono el tacto.
























(poema inédito aparecido en el nuevo número de la revista Opticks Magazine. Ilustración del artista Mikko.)

16 de septiembre de 2015

Comer del arte

Aterrizo por primera vez en Houston, Texas. El nombre del aeropuerto, George Bush, luce su mal augurio. Salgo al aire caliente y pegajoso. El taxista jamás ha oído hablar de mi hostal. Frunce el ceño cuando le muestro la dirección. Tiene que ser realmente muy pequeño, murmura, muy pequeño. Hostal Atenas. La Antigua Grecia perdida en un rincón de las llanuras texanas. Tras algunos esfuerzos, lo encontramos. En la recepción hay una pila de toallas acaso limpias y un microondas en marcha. Huele a ventilador con polvo. Me atiende un recepcionista inverosímilmente flaco. Se llama Juan y no habla español. Me pregunta si mañana necesitaré volver al aeropuerto. Cuando le digo que sí, el recepcionista se ofrece a llevarme en su propio coche. Le pregunto cuánto me costaría eso. Al principio intenta cobrarme más que un taxi oficial. Se lo hago notar con disgusto y entonces Juan, desplegando una sonrisa irresistible, me explica que es músico. Me entrega una tarjeta de cartulina verde: dice Professional Drummer y tiene un correo electrónico de yahoo. Le pregunto qué tipo de música toca. Toda, toda, contesta Juan, africana, blues, jazz, rock, española. Whatever you like. Menciono que mis padres eran músicos. Inexplicablemente, él adivina que mi madre tocaba el violín. La música es lo más grande, dice Juan, yo llevo diecisiete años alimentando a mis hijos gracias a ella. Al final convenimos un buen precio.

9 de agosto de 2015

Poemas atómicos (y 2)



Mi niño duerme
en esta tierra azul
con radiaciones.

Terai Sumie


*

Ya estoy harta de todo.
La enorme estatua de la paz alzada
sobre la zona atómica está bien.
Está bien, pero
no podemos comernos una estatua:
la piedra no combate el hambre de verdad.
¿No podían haber hecho otra cosa
con todo ese dinero?

Fukuda Sumako



(Estrofa y haiku tomados de White Flash/Black Rain. Women of Japan Relive the Bomb. Edición de Lequita Vance-Watkins y Aratani Mariko; Milkweed Editions; traducidos del inglés por Andrés Neuman. En conmemoración del 70 aniversario de la bomba de Nagasaki.)

6 de agosto de 2015

Poemas atómicos (1)



Fuegos artificiales
allá en el río: 
huesos ardiendo.

Utsumi Kanko



*


Puesto que hay tantos
pequeños esqueletos
aquí reunidos,
estos huesos más largos
deben ser del maestro. 

Shoda Shinoe



(Tanka y haiku tomados de White Flash/Black Rain. Women of Japan Relive the Bomb. Edición de Lequita Vance-Watkins y Aratani Mariko; Milkweed Editions; traducidos del inglés por Andrés Neuman. En conmemoración del 70 aniversario de la bomba de Hiroshima.)

20 de julio de 2015

Cuatro nuevos apotegmas de mi nonagenaria abuela Dorita



Yo ya no tengo etcétera.


                                                *

Qué largo es el partido y qué corto se hace.

                                                *

Es un ascensor inteligente: si no lo llamás, no viene.

                                                *

¿Adónde habrán ido todos mis años? Muchos se fueron -señalando a mi tía vestida con un jersey pistacho- a eso parado de verde.



4 de junio de 2015

Perder la habitación

Vuelo con equipaje atrasado, sueño de mano y dos libros: La mujer rota de Simone de Beauvoir y Cuadernos de Hiroshima de Kenzaburo Oé. En el primero de ellos, un diario ficcional repleto de emociones aforísticas, subrayo este sarcasmo acerca de un marido que se dedica a la investigación médica: «Obviamente, cuando uno carga sobre sus hombros la salud de la humanidad, el peso de una hija enferma apenas se nota». En el segundo libro, crónica de la posguerra atómica y homenaje a los médicos de Hiroshima, subrayo unos versos del poeta superviviente Sankichi Tôge: «Devuélveme a mi padre./ Devuélveme a mi madre./ Devuélveme a mis mayores./ Devuélveme a mis hijos./ Devuélveme a mí mismo». Mientras llego al hotel de Lyon, pienso que el caso de Oé parece opuesto al del personaje de Beauvoir, cuya obsesión por una gran causa colectiva le impide atender a un dolor cercano. Al mismo tiempo que investigaba sobre las víctimas de Hiroshima, Oé escribió la novela Una cuestión personal, que trata sobre la enfermedad de su propio hijo. Dejo mi equipaje en la habitación, bajo a cenar y entonces, frente a las puertas del ascensor, como un intertexto de carne y hueso, me topo con el señor Oé. Yo ignoraba por completo, o al menos no recordaba, que él fuese el encargado de inaugurar el festival al que he venido. Quizá consulté el programa cuando su presencia no estaba confirmada. O acaso una parte recóndita de mi memoria sí la retuvo, y por eso estoy leyendo los Cuadernos. Entre tartamudeos, le pregunto si tendría la generosidad de firmarme un libro. Oé asiente cortésmente y, con centenaria paciencia, toma asiento en el lobby mientras subo corriendo a buscar mi ejemplar. Me lo dedica en tinta roja, con ese temblor digno de los ancianos que viajan. Me da las buenas noches. Regresa al ascensor. Y desaparece. Yo me quedo contemplando los trazos de su nombre. Al cabo de unos minutos, Oé baja de nuevo. Se acerca al recepcionista y, para mi sorpresa, pregunta cuál es su habitación. Parece fatigado y sus movimientos delatan cierto extravío. Me acerco a ofrecerle ayuda. He perdido mi número de habitación, me dice Oé. No dice «he olvidado», sino «he perdido». No estoy seguro de si bromea. Podemos conseguirle otro número nuevo, sugiero manteniendo por si acaso la ambigüedad. Oé sonríe aliviado y saca de un bolsillo su bolígrafo rojo.

23 de abril de 2015

Cervantes, zurdo

En el barrio de allá, en el rincón más descreído de la iglesia, al final de la cripta, al fondo del subsuelo, confundida con un crucigrama de dientes, biografías y articulaciones, compartiendo desmemoria con otros nombres propios, deletreando la incógnita de sus vecinos, vulnerada por guerras no necesariamente épicas, con la sinceridad de aquello que está sucio, satirizando el guante del manual, ancha del uno al cinco, en plenitud a su manera, con menos calcio que rigor, resistiendo por pura convicción narrativa, prodigiosamente ajena a subvenciones y otras necrofilias públicas, una mano izquierda continúa trazando garabatos que nadie lee.

8 de marzo de 2015

Cinco apotegmas de mi nonagenaria abuela Dorita



Una, a su edad, más que una persona es un período histórico.

                                                *

Yo ya no camino, más bien dejo que la inercia actúe sobre mí.

                                                *

Como apenas puedo moverme, procuro cultivar la nonchalance.

                                                *

El arte de ser vieja consiste en no pasar de la tranquilidad a la paz del cementerio.

                                                *

Hoy el mundo, lo sé bien, se ha llenado de viejucos hinchapelotas.


23 de febrero de 2015

Yo quiero fracasar con este tipo

Cuando conocí a Juan Casamayor y me contó su inverosímil proyecto editorial, que consistía en publicar exclusivamente narrativa breve y ensayo literario, de inmediato pensé: yo quiero fracasar con este tipo. Él aún no tenía barba, pero ya tenía el don de convencerte de que a veces soñar es razonable. Me invitó a comer en un restaurante de su barrio. Casamayor masticaba lento y digería rápido: buena señal literaria. Hablamos sin descanso. Hicimos planes insensatos que, para mi sorpresa, fueron cumpliéndose uno por uno. Incluyendo una quimérica antología del cuento actual en castellano, repartida en cinco poblados volúmenes. Desde aquellos inicios hasta hoy han transcurrido quince años. Quince años tan ágiles e intensos como una historia bien contada. Por entonces Páginas de Espuma apenas había publicado a unos pocos autores y sus libros circulaban de manera limitada. Hoy su catálogo alberga a muchos de los mejores cuentistas en nuestra lengua –de México a Argentina, pasando por la irreductible calle Madera de Madrid– y sus libros hormiguean a lo largo de todo el continente americano. Si consideramos además que nuestro hombre es bajito y sus miras son muy altas, se impone una conclusión irrefutable: Casamayor es el editor con más cuento por centímetro cuadrado. Pero él jamás ha espumeado solo. Encarnación Molina ha compartido con él cada esfuerzo, haciendo magia literalmente desde el principio: el propio nombre de la editorial fue idea suya. A estos dos queridos personajes de novela (con perdón) los acompañarán siempre los locos que aman la lengua del cuento. 

21 de enero de 2015

Escucha bifurcada (y 2)

Creo que la escritura procede, en buena medida, de una perplejidad ante la lengua materna. Es como si mi oreja derecha escuchase un lugar del idioma, la oreja izquierda otro y mi boca tratase de conciliar las percepciones de ambas. Al principio de mi escolarización en España, este ejercicio me demandaba un esfuerzo considerable. Pero, al cabo de algún tiempo, empezó a convertirse en un mecanismo espontáneo e incluso involuntario. Hoy ya no soy capaz de pensar en castellano sin sospechar de mi propio léxico, sin someter simultáneamente todo lo que digo a una escucha bifurcada.

19 de enero de 2015

Escucha bifurcada (1)

De niños mi hermano y yo teníamos la impresión de vivir en un cuento de Cortázar, donde alguna puerta conduce a otra realidad. En casa, entre las cuatro paredes de la familia, estábamos en Argentina. Pero, en cuanto se abría la puerta, salíamos a jugar a España. La frontera entre ambos países era apenas un picaporte. Hoy escribo con esa misma sensación. Y cada vez me intriga más quedarme observando debajo del marco, como en los terremotos.

12 de enero de 2015

Gris multicolor

Uno tiende a conceptualizarse en blanco y negro, a preguntarse absurdamente si alguien es feliz en su vida como si existiera una respuesta posible, como si a ciertas cosas se les pudiese atribuir un sí o un no. Sin embargo, al ingresar en el terreno del arte y la ficción, se accede de inmediato a una conciencia del contraste, del gris como base de la observación, de lo agridulce como continuidad. Entonces se percibe que hay una extraña belleza en el dolor, que hay algo misteriosamente cómico en la tragedia y, por supuesto, algo aterrador en todo bienestar.

27 de diciembre de 2014

Talento para perder (y 6)

Tras emigrar a España, una de las tareas de adaptación al nuevo medio fue familiarizarme con un campeonato casi desconocido para mí. Varios meses de concienzudo estudio de la prensa deportiva y visionado atento de los partidos bastaron para esbozar un panorama. Pero faltaba un detalle crucial: ¿de qué equipo iba a ser? Más aún, ¿iba a poder ser de algún equipo, aparte de Boca? En primer lugar me fijé en el club de mi ciudad adoptiva. Desafortunadamente, el Granada atravesaba el peor momento de su historia y se encontraba hundido en Segunda B. Empecé a acudir a sus partidos, pero eso no resolvía mi problema de integración diaria: para poder incorporarme a los debates de mis compañeros, necesitaba aficionarme a algún equipo de Primera. Era la época del Dream Team de Cruyff y, deslumbrado por su juego, sopesé la posibilidad de hacerme culé. Pero Barcelona quedaba, en todo sentido, muy lejos de Granada. Y en aquella alineación no había un Messi, ni siquiera un Mascherano con el que identificarme. Mi tío madrileño intentó enrolarme en el Atlético. Tuvo éxito con mi hermano y conmigo casi lo consigue. El obstáculo fue su inefable dueño Jesús Gil, con quien me resultaba imposible simpatizar. Poco después, Valdano y Redondo me convertirían en seguidor temporal del Madrid. Club del que su presidente, con la energúmena colaboración de Mourinho, terminaría distanciándome. Incapaz de inclinarme del todo por ninguno de los grandes de la liga, tomé una decisión cromática: me hice hincha del Cádiz, cuya indumentaria consistía en camiseta amarilla y pantalones azules. Esta adhesión andaluza me proporcionó un inmediato alivio y cierta extranjería xeneize. Un par de temporadas más tarde, como no podía ser de otra forma, mi flamante escuadra sufrió dos descensos consecutivos hasta Segunda B. Donde, para mi perplejidad, fue a reunirse fatalmente con mi Granada, que tardaría diecisiete años en regresar a Primera. Ascenso que se hizo esperar demasiado, como suele ocurrir con los equipos que valen la pena.

(este texto es una adaptación abreviada de mi contribución al volumen Con el corazón en la Boca, publicado por Aguilar Argentina y compilado por Sergio Olguín.)

26 de diciembre de 2014

Talento para perder (5)

Cuando mis padres me anunciaron que nos íbamos del país, lo primero que hice fue elegir los libros que me llevaría y ponerme a grabar goles de Boca. En una nueva ironía xeneize, mi equipo al fin había empezado a ganar y ahora resultaba que tenía que irme. Apenas me había dado tiempo a disfrutar de dos copas sudamericanas y de la fugaz dupla Latorre-Batistuta. Mi deseo era mostrarle mi equipo argentino a mi primo español, seguidor del Real Madrid y admirador de la Quinta del Buitre. En cuanto aterrizamos en España con mis padres y mi hermano (a quien había convertido a la fe xeneize), me apresuré a extraer mi equipaje de goles. Le había ponderado mucho aquellas imágenes a mi primo, glosándolas con todo lujo de adornos y exageraciones. Nos sentamos en el sofá emocionados, dispuestos a contemplar la mayor belleza futbolística de Latinoamérica. No podría describir mi espanto al comprobar que el formato en que había grabado todas aquellas cintas era absolutamente incompatible con el formato español. Lo único que apareció en la pantalla fueron rayas grises, figuras fantasmales y voces deformadas. Como de otro mundo.

25 de diciembre de 2014

Talento para perder (4)

El fútbol me salvó de muchas cosas. De ser el niño raro al que martirizan en la escuela. De no poder compartir más que gruñidos con mis compañeros. Del riesgo de ignorar el cuerpo, proclive como era a imaginar de más. El fútbol me enseñó que, si uno corre, es preferible hacerlo hacia delante. Que no conviene pelear solo. Que a la belleza siempre le dan patadas. Y que nuestros rivales se parecen demasiado a nosotros. Una de las costumbres que más me disgustan de nuestra pasión futbolera es el arsenal de tópicos referentes a la virilidad de los jugadores, ese malentendido que confunde el talento con las zonas inguinales. Recuerdo por ejemplo haber pasado media infancia escuchando las críticas que mi jugador predilecto, el Chino Tapia, recibía cada vez que perdía una pelota. Enganche zurdo, con esa electricidad que tienen ciertos pasadores para pensar y decidir bajo amenaza, el Chino era audaz en la conducción, visionario para los espacios e inesperadamente generoso en el último pase. Pero, un domingo tras otro, ciertos hinchas inguinales exclamaban: ¡Tapia, la puta madre, parecés una bailarina! O, si algún toque sutil no prosperaba: ¡No seas maricón, Chino, carajo! Durante el Mundial de México, mi infancia se topó con otra triste conclusión: los generosos suelen ser suplentes. En este caso, por supuesto, la camiseta número 10 era muy de otro. Pero, con el fútbol rupestre de Bilardo, el Chino no podía aspirar ni a media hora. Apareció un rato contra Corea y otro rato contra los ingleses. Luego de un breve acorde con Maradona, decidió por una vez no cederle el protagonismo a nadie y disparó desde lejos con su pierna mala. La pelota tropezó con el poste. Se paseó por la línea como dudando. Y se marchó a milímetros del gol. En aquel mismo instante, el delicado Tapia se desgarró la ingle.

24 de diciembre de 2014

Talento para perder (3)

Como en mi casa el fútbol no se consideraba algo interesante, y ya no digamos merecedor de esa atención ritual que yo le prestaba cada domingo, pronto adquirí la hermética costumbre de encerrarme en el baño a escuchar los partidos de Boca. En un tiempo con escasas emisiones en directo, a años luz de los canales digitales, la radio era nuestros ojos. También un desafío de imaginación aplicada y apreciación lingüística: si no había exactitud en la narración, el partido se emborronaba, perdía foco. Aunque me declaro adicto a los partidos televisados, por radio se alcanza un prodigioso vínculo entre estímulo verbal y producción de imágenes. A mejores palabras, mayor caudal de visualización. Por radio, entonces, yo escuchaba y veía a Boca. Para poder concentrarme en cada movimiento imaginado, para entregarme sin distracciones al gozo y al sufrimiento, justo antes del silbato inicial corría al baño y me recostaba en la bañera vacía. Apoyaba la radio en el borde, la ponía a todo volumen y me dejaba envolver por el sobresalto de los ecos. Así la narración, las voces, los goles se multiplicaban a mi alrededor, convirtiendo las paredes del baño en una pequeña cancha flotante. Ahí, a bordo de mi bañera xeneize, naufragando en dirección a la Bombonera, escuché los tres goles de Independiente que nos impidieron salir campeones el año en que Menotti trató de reflotar a Boca.

23 de diciembre de 2014

Talento para perder (2)

El Boca que me tocó querer en mi infancia fue el de la nefasta década de los ochenta. El de los cuatro entrenadores en una temporada. El de la depresión post-Maradona, que jamás pudo evitar destruir lo que él mismo había creado. El Boca de la sequía de los siete años: la mitad de la vida que pasé en Buenos Aires. Yo veía ganar a River y me preguntaba dónde andaría perdido aquel equipo que, según narraban mis mayores, había ganado la Libertadores y la Intercontinental el mismo año en que yo había nacido. Escuchando las hazañas pretéritas de mi equipo, me sentía como si hubiera llegado tarde a una fiesta a la que todo el mundo decía haber asistido. Sin embargo no lamento haberme educado en aquel Boca decadente. Sus derrotas fueron otra escuela. Desde esta perspectiva, nada más natural que haber sido trasplantado a Granada (sede de un club del que soy socio sufridor y que cada temporada lucha con dignidad por mantenerse en Primera), en vez de a ciudades obsesivamente triunfales como Madrid o Barcelona. Por eso mismo procuro tomarme con filosofía la crisis que Boca viene atravesando, antes y después del triste regreso de Bianchi. Quien ahora resulta, sin embargo, mucho más atractivo como personaje literario. Alguien que ha conocido el estatus del héroe y del apestado en un mismo lugar. Y que ha confirmado de manera cruel que los salvadores no existen. Quizá convendría vacunarse contra el síndrome mesiánico, o sea maradoniano, que le concede una exagerada importancia al genio individual por encima del trabajo colectivo. Difícil no intuir también, detrás de esa superstición futbolera, cierta idea de país.

22 de diciembre de 2014

Talento para perder (1)

El campeonato que acaba de ganar Racing Club de Avellaneda en mi país natal me trae recuerdos más o menos heredados, como todos los recuerdos. La memoria es una suerte de pelota delicada que rebota de cabeza en cabeza; hasta que alguien la patea lejos. Mi abuelo Mario era hincha de Racing y, durante los pocos años en que ambos coincidimos en la cancha de la vida, no dejó de insistirme para que siguiera su ejemplo. Cada vez que le confesaba que prefería a Boca, mi abuelo me contestaba riendo: ¡Pero si esos son unos pataduras! Mi padre, por su parte, apenas le prestaba atención al fútbol, si bien solía declararse vagamente de Racing en homenaje a su propio padre. De acuerdo con su irrevocable marxismo, mi otro abuelo Jacinto consideraba el fútbol un opio para el pueblo. De vez en cuando salíamos con una pelota, pero para él se trataba más de una gimnasia que de una pasión y, hasta donde puedo recordar, jamás manifestó inclinación por ningún equipo. Hoy la postergada palabrita patadura me habla de una extranjería triple. La que está implícita en la identificación con un equipo diferente al de la propia familia. La del abismo que se abre entre el léxico de las distintas generaciones. Y la de la expatriación a otra tierra donde nadie jamás ha dicho patadura. En España se usa más bien paquete o, según aprendería a decir en mi adolescencia andaluza, manta. ¡Pero si esos tíos son unos mantas! De pronto semejante expresión me suena tan lejana y generacional como aquella de mi abuelo Mario, quien tanto habría celebrado este triunfo que se ha hecho esperar, como suele ocurrir con los equipos que valen la pena.

17 de diciembre de 2014

Un pie en el desierto

Veo el sensacional documental de Patricio Guzmán, Nostalgia de la luz, que vincula metafóricamente la arqueología, la astronomía y la memoria del genocidio pinochetista. Las tres se nos presentan como lentas labores de reconstrucción del pasado capaces de iluminar las sombras del presente. El director chileno entrevista a la hermana de una de las víctimas, que estuvo años recorriendo el desierto de Atacama -donde funcionó el campo de concentración de Chacabuco- en busca de los restos de su hermano asesinado. Hasta que encontró el hueso de un pie con un calzado familiar. «Me pasé toda una mañana con el pie», cuenta ella, «callada, como en blanco». En blanco hueso. «Fue el gran reencuentro y la gran desilusión. Porque sólo entonces entendí que mi hermano estaba muerto». Una paz similar se merecen ya mismo los padres de los cuarenta y tres estudiantes desaparecidos de Ayotzinapa. Mientras tanto, en mi querida Granada, cada día se menciona o se calla el asesinato de Federico García Lorca. La ciudad se enorgullece y avergüenza al pensar en su hijo universal. Una ciudad que tardó medio siglo en dedicarle un parque y tres cuartos de siglo en erigirle una estatua. Quizás el propio poeta se habría reído de su estatua. Pero, para reírse, hace falta tener cuerpo. Nombro el cuerpo de Lorca tal como España lleva narrándose desde 1936: sin saber todavía qué pasó exactamente. Aquí seguimos debatiendo si remover fosas abre viejas heridas o las cierra. Priscilla Hayner, experta en comisiones internacionales de memoria histórica, publicó hace unos años Verdades innombrables. Este título me remite a un revelador ensayo del argentino Fernando Reati, Nombrar lo innombrable, y a cómo ciertos silencios ocupan el lenguaje. Las dictaduras siguen hablando cuando cambiamos de tema. Antes de alcanzar el alivio, explica Hayner, se negocia con el miedo. Miedo a un dolor aplazado y a unos ausentes que no son muertos sino fantasmas. El recuerdo de Lorca es literalmente fantasmagórico: no hay rastros de sus huesos ni tampoco grabaciones de su voz. Si la fosa de Lorca no se encuentra, algún día su fusilamiento podría convertirse en versión opinable, en leyenda desértica. Entonces alguien podrá decir que el hecho jamás se demostró. Que el horror no sucedió necesariamente así. Granada, escribió el poeta, no puede salir de su casa. Algunos muertos tampoco.

2 de diciembre de 2014

La sensacional mujer ovillo



Su vocación de ovillo: 

en cuanto se concentra,

algún otro interés accidental

le tira de la punta de los ojos.

Le gusta proponerse en cualquier ángulo,

hace cosas extrañas con las piernas

que despliegan debates entre sí.

Donde ella toma asiento

el sol se le acurruca. 

La reina del rincón.

Amor desordenado.