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19 de julio de 2013

Llamadas a Bolaño (3)

Retengo, me retienen imágenes que iluminan su obra. El vuelo vil de los halcones por los claustros, el sótano de Nocturno de Chile. El viaje en automóvil a través de la noche, el siniestro diálogo de los agentes en Llamadas telefónicas. La escritura del aeroplano, tan bella como atroz, en el cielo de Estrella distante. La detestable poeta argentina con que se inicia La literatura nazi en América, la habitación de Poe que ella se afana en reproducir. El hospital oblicuo y vallejiano de Monsieur Pain, su sala de cine en blanco y negro. La apoteosis vacía, la llegada al desierto en Los detectives salvajes. ¿A qué desierto irán a parar los escritores que se marchan dejando un libro inconcluso? Cierto día, Bolaño me habló por teléfono de un novelón de mil páginas en el cual llevaba tiempo trabajando. Un libro, explicó angustiado, «tan largo como Las mil y una noches». Se me ocurrió sugerirle que lo terminase en la página 1001, cosa que por supuesto no hizo. En un momento de la conversación, Bolaño dijo que quizá debería abandonar esa novela. Desconociendo su verdadero estado de salud, le pregunté por qué. Su única respuesta fue: «Porque no soy Tolstói».

27 de julio de 2012

Veranear libros (1)

Las lecturas de verano son como las de invierno, pero con más esperanza en que el tiempo no corra. Así nos va. Paciencia. Cada año uno se promete leer inmensos novelones, y rara vez cumple semejante propósito. Las vacaciones pasadas me quedé en libros de tamaño intermedio, digamos que novelas para septiembre o marzo, según el hemisferio: El periodista deportivo de Richard Ford, Senectud de Italo Svevo o El misterio de la carretera de Sintra de Eça de Queiroz, que inventó el siglo veinte en pleno diecinueve. También veraneé diarios: los de Cheever y Tolstói, dos tipos difíciles. No de leer. Y poesías reunidas argentinas: la deslumbrante de Joaquín Giannuzzi, a cargo del a su vez poeta Jorge Fondebrider, o la de Juana Bignozzi, La ley tu ley, que valdría la pena releer en España. Y algunos cuentos completos que leí incompletos, como los de Medardo Fraile o la imbatible Flannery O’Connor. La cual, citando a cierto místico francés, dejó dicho que todo lo que se eleva (como las vacaciones) deberá converger (como el otoño, sí).

12 de marzo de 2011

Reloj de arena, cronómetro

Hay autores a quienes su obra parece dispuesta a esperarlos pacientemente, como sabiendo que alcanzarán la senectud: Santa Teresa, Cervantes, Goethe, Wordsworth, Tolstói, Mann, Juan Ramón, Borges, Saramago, Doris Lessing. A todos ellos la juventud se les renovó por fases. Igual que un reloj de arena volteado muchas veces. Y hay otros autores cuya obra nace acelerada, como con la certeza previa de que morirán pronto: Garcilaso, Sor Juana, Novalis, Keats, Chéjov, Kafka, Lorca, Pessoa, O'Connor, Bolaño. A estos el tiempo los persiguió en cada página. Igual que un cronómetro en cuenta atrás. Al menos ahora son más jóvenes que antes.