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26 de enero de 2012

Yo no fui

Polanski ha refutado su película anterior. The Ghost Writer destacaba por la exuberancia fotográfica, el esmero en las localizaciones y la atención a los personajes secundarios. Virtudes que intentaban sobreponerse al guion, víctima del previsible thriller que adaptaba, con un final que era como para masticar aspirinas. Proponiendo lo contrario, Carnage adapta una obra de teatro discursivo. Sus protagonistas permanecen recluidos en el buñuelesco apartamento donde discuten. La acción es inmóvil. Y sin embargo divertidísima. La perfección de los diálogos se debe a la siempre inteligente y reaccionaria Yasmina Reza, cuyas argumentaciones huelen a Houellebecq. La conclusión parece obedecer un opresivo axioma de la literatura actual: todo lo que no sea escéptico caerá en el ridículo, toda postura no cínica sonará pretenciosa. De este modo, cualquier reflexión ética queda señalada como ejercicio absurdo. Tienta conjeturar por qué a Polanski le interesó una pieza que gira en torno a la agresión a un niño. La pregunta de fondo es quién tuvo realmente la responsabilidad. La respuesta de la película resulta tan ambigua como la situación judicial de su creador: la culpa fue de todos, o de nadie, o de la naturaleza. Tres respuestas que coinciden en la tranquilizadora absolución del individuo.

7 de septiembre de 2011

Woody Allen: elogio y crítica de la nostalgia (2)

En España no terminó de gustar la Barcelona pija de Vicky Cristina. Más acostumbrados a la automitificación de clase, en Francia las críticas de Midnight (salvo en Cahiers du cinema) han sido entusiastas. «No se trata de un cine de postal», escribió con acrobática indulgencia el crítico de Les inrockuptibles, «sino de una película sobre las postales». Pero la película muestra escasa ironía hacia los tópicos culturales. Los retratos de los grandes artistas resultan planos y se limitan al pintoresquismo. Particularmente desaprovechados quedan Scott Fitzgerald, Picasso e incluso el gran fetiche Buñuel. Hemingway tiene gracia, aunque repite siempre el mismo chiste. La mejor aparición es quizá la de Dalí. Aplicándole su propia medicina retro, reconozcamos que desde hace años (quizá desde Deconstructing Harry) Allen ha sustituido la marginalidad estética y la agilidad dialéctica por unos diálogos rutinarios y cierto tipismo facilón. No ha vuelto a crear personajes femeninos complejos como los de Diane Keaton. Y sus actuales protagonistas masculinos tienden a la candidez. Como si Allen no estuviera dispuesto a que sus reemplazantes, sobre todo si son jóvenes, parezcan tan brillantes como él. La inclinación nostálgica de Allen se parece a la que hemos contraído hacia su obra.