Enlazada con estas tensiones, la invocación matriarcal recorre todo el libro desde distintos roles y edades. Si, históricamente hablando, en el nombre del padre heredamos verdades absolutas, aquí se admite el susurro disidente de las dudas. Y también el arte de la artimaña. O ardid, palabra casi perdida con un toque de astucia, juego y fuego muy a tono con sus versos. «¿No era esto madurar?», se interroga Rosa Berbel, «¿elegir cosas/ y esconder la elección a los demás?» Hablamos de poemas de formación donde el crecimiento es moral, físico y narrativo. Se hace balance de lo aprendido. Se reconocen las mutaciones del cuerpo. Y se genera una distancia temporal, un espacio de observación que no existía antes de su escritura. No es tanto que en estos versos la adolescencia haya quedado muy atrás, como que se la ha dejado definitivamente atrás porque ha sido escrita. La autora maneja con agudeza el poder de este recurso. En el camino, asistimos a los cruces de lo íntimo y lo público, a lo político que asoma eludiendo el panfleto. Crecer es «andar más, con más miedo,/ por calles más vacías». Esta inquietud —por desgracia tan contemporánea— reaparece y se desarrolla en “Sisterhood”, que tiene la virtud de funcionar como conversación familiar, de cama a cama, y como himno colectivo, de experiencia a experiencia. Similar resonancia logra “Retrato de familia”, donde leemos: «Este diálogo, eterno de mudos/ y de sordos, de vivos y de muertos,/ se despliega infinito/ en el salón». En el salón o, se nos cuenta, en los trasteros. Los sótanos del patriarcado. Allí donde iniciarse no es cuestión de interiorizar el deseo propio, sino de asumir la violencia ajena. En ese texto que da título al libro, la niña reformula el conflicto de decir la verdad. ¿Aprendió a no decirla? ¿Quiso decirla y no pudo? ¿O la está diciendo ahora, cuando rompe su silencio? Quizá por eso las niñas de estos poemas se esconden debajo de la mesa. Debajo de la mesa, falso techo conquistado, pequeño cielo propio, está el único refugio de una infancia que se estaba preparando para salir, construirse un cuarto y hablar. Y que por suerte ha hablado. Ya lo creo que ha hablado.
Mostrando entradas con la etiqueta violencia. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta violencia. Mostrar todas las entradas
13 de febrero de 2019
14 de enero de 2019
Decálogo del espanto: los sofismas Vox
1. No aceptaré datos de instituciones públicas, obtenidos con un método lo más neutral posible, o provenientes de organismos con autoridad universalmente reconocida. Una fuente sólo es fiable si confirma mi ideología.
2. Las mujeres no son violadas y asesinadas por ningún motivo relacionado con nuestra educación de género. El hecho de que mueran regularmente a manos de sus parejas masculinas, pero casi nunca viceversa, constituye un enigma estadístico.
3. Mis ideas patriarcales carecen de género, son libres y realistas. El feminismo en cambio se basa en apreciaciones subjetivas, autoritarias e ideológicas. Por esta misma regla, si un extranjero comete algún delito lo señalaré inmediatamente como extranjero, aunque los hombres que agreden a una mujer no deberán ser identificados por su sexo.
4. La bandera de un país es mucho más importante, urgente y defendible que sus recursos públicos, su industria, sus trabajadores o la distribución de su riqueza.
5. Los inmigrantes nos quitan empleo porque aceptan condiciones inaceptables para nuestros trabajadores. Si esas condiciones son legales, no exigiré una mejora de las leyes laborales. Y si son ilegales, tampoco exigiré mejores inspecciones. De hecho, los derechos laborales en mi país me preocupan bastante menos que el control violento de sus fronteras.
6. La inmigración representa una amenaza cada vez mayor, aunque siga descendiendo. Debemos defender a toda costa nuestra cultura occidental. El feminismo, el ecologismo o la diversidad sexual no son en absoluto occidentales.
7. Bajar los impuestos estimula la economía. De quienes luego podremos pagar por los servicios que dejen de ser públicos.
8. Los proyectos de memoria histórica impiden la convivencia, que sólo concibo cuando gobiernan partidos a los que voto yo. No hace ninguna falta repensar el pasado: ya lo narramos nosotros. De ahí que el independentismo sea golpista y el bando nacional, no. Que esté harto de la Guerra Civil, pero vea rojos por todas partes. Que el franquismo esté muy lejos y la Reconquista, menos.
9. La legalidad del aborto induce a las mujeres a abortar por gusto. Si pretenden decidir sobre su maternidad, lo decente es que paguen y se jueguen la vida. Por encima de todo defiendo la familia, siempre y cuando sea como la mía.
10. Lo que hasta ayer me daba cierta vergüenza decir, porque ofendía o humillaba al prójimo, hoy lo llamo incorrección política. Al fin soy libre para ofender y humillar. Adelante, valientes.
Microclaves:
dictadura,
economía,
elecciones,
España,
extranjería,
fascismo,
feminismo,
franquismo,
machismo,
memoria,
nacionalismo,
política,
trabajo,
violencia
19 de julio de 2017
Entrar
Miércoles. Medianoche. Silencio colectivo. Un barrio residencial del Londres del Brexit, la islamofobia y el terrorismo súbito. Llaman al timbre de la casa. Una casa a ras de calle, expuesta, de cristales amplios. Al otro lado de la puerta y del mundo, un joven con barba y apariencia perturbada nos dice: Can I come in? Sobresaltados, contestamos que no. Por supuesto que no. Entonces el joven con barba pregunta: Why? No dice nada más. No pierde la calma, ni nos insulta, ni patea la puerta. Simplemente nos pregunta por qué. Seguimos sin tener una buena respuesta después de cerrar con llave por dentro.
Microclaves:
Brexit,
extranjería,
Inglaterra,
noche,
terrorismo,
violencia
28 de noviembre de 2016
Identidad y contradicción
Latinoamérica existe, pero tiene tantas tensiones y tentáculos que por lo general sólo puede ser avistada desde el extranjero, el exilio o el más completo asombro.
Latinoamérica no existe, pero acaso le convendría existir, al menos como horizonte imaginario, como fuerza histórica, como grupo de resistencia.
Latinoamérica existe pero lucha contra sí misma, contra su tradición autolesiva, sus líderes que siguen a sus élites, sus élites que son verdaderos gobiernos, e incluso —por desgracia— también contra su gente, que a menudo sale corriendo en dirección opuesta a la salida.
Latinoamérica no existe porque es una casa que vigila por separado cada una de las tejas, en lugar de entregarse a la invención del techo que podría albergar todas sus cabezas y multiplicarlas.
Latinoamérica existe porque de cada pedazo hace familia, de cada fisura frontera, de cada pérdida una memoria común.
Latinoamérica sigue sin existir como marco político, como acción ciudadana, como brazo que pueda levantar por fin su propio peso muerto.
Latinoamérica sigue existiendo en el hábito de sus leyendas, en el bochinche de sus esquinas, en las maneras de sus pentagramas, en la sintaxis respondona de sus libros.
Latinoamérica parece no existir para sus leyes cojas, sus intermitentes constituciones, su extraño castillo de burocracias.
Latinoamérica parece existir en las parodias de su folclore, en los despachos donde se hace negocio con la identidad, en las malas corbatas que se asemejan entre sí mucho más que las culturas a las que representan.
Latinoamérica jamás existirá para esa multitud que no come o come mal o se carcome, para sus desempleados con las manos llenas de vacío, sus niños sin el lujo de una infancia, sus mujeres preñadas de patriarcado autóctono, sus indígenas dos veces expoliados, sus periodistas acribillados a micrófono abierto, sus estudiantes desaparecidos en la noche de la impunidad.
Latinoamérica existirá siempre en la gramática vecina de Andrés Bello, en la canción viajada de Martí, en Henríquez Ureña estudiando su sombra, en Sor Juana enseñándole a guisar apotegmas a Aristóteles, en Bolaño donando su hígado a la ciencia panamericana, en Clarice Lispector recordándole al mapa que hay más lenguas, en Parra burlándose de su compatriota Neruda, en Borges conversando con su hipotético gemelo Alfonso Reyes, en Maradona flotando sobre el estadio Azteca justo antes de caer y caer y caer.
Latinoamérica no puede existir como rancho malvendido, como parcela de carros, corrales y corralitos, como cocina o baño de los huéspedes industriales, como tubo de ensayo de venenos financieros y babas militares, como mascota ruda pero demasiado agradecida.
Latinoamérica es capaz de existir como plato de sopa heterogénea, como arcoíris sucio, como milagro laico, como un inmenso coro con distintas partituras, como un puente que piensa sobre mares revueltos, siempre a la buena pesca de sus contradicciones.
Latinoamérica no existe, por supuesto, aunque lo que no existe es una tentación creativa, una provocación para seguir preguntándose.
Latinoamérica existe, por supuesto, aunque para ciertos líderes millonarios y sus millones de cómplices, con la cara más dura que el más duro de los muros, algunos pueblos no parezcan existir.
(texto
leído en la FIL de Guadalajara 2016, como parte de la mesa titulada “¿Existe
Latinoamérica?”. Vídeo del evento.)
Microclaves:
Alfonso Reyes,
Andrés Bello,
Argentina,
Aristóteles,
Bolaño,
Borges,
democracia,
Henríquez Ureña,
identidad,
Lispector,
Maradona,
Martí,
memoria,
México,
Neruda,
Parra,
política,
Sor Juana,
Trump,
violencia
27 de junio de 2016
Penúltima derrota frente al mar del sur
rompiendo cerraduras al unísono,
confiscando los ojos del padre labrador
y de la madre experta en cultivar su espalda
y los pies de sus hijos despeinados,
volcando nuestros lechos como botes,
arrancando las parras luminosas,
trazando con la espada la frontera,
después de que los bárbaros entrasen
acampando en las bocas,
llenando de monedas los zapatos,
cortándonos los dedos por la mecha,
apagando las velas tartamudas
que titilan al sur pero no alcanzan,
empuñando su lengua
y todo un diccionario de silencio,
acampando en las bocas,
llenando de monedas los zapatos,
cortándonos los dedos por la mecha,
apagando las velas tartamudas
que titilan al sur pero no alcanzan,
empuñando su lengua
y todo un diccionario de silencio,
después de que los bárbaros, en fin,
fuesen nuestros vecinos que saludan,
nuestra gente educada en traicionarse,
los niños partidarios del pedrusco,
los hermanos en bíblico negocio,
los abuelos a punto de exiliar a sus nietos,
el panadero horneando hambre,
el carpintero en manos del martillo,
nuestra gente educada en traicionarse,
los niños partidarios del pedrusco,
los hermanos en bíblico negocio,
los abuelos a punto de exiliar a sus nietos,
el panadero horneando hambre,
el carpintero en manos del martillo,
nadar en este mar es una acción política.
16 de mayo de 2016
Más apotegmas casuales de mi nonagenaria abuela Dorita
No es que me acuerde de muchas cosas, es que todo lo que ustedes me preguntan cae en el veinte por ciento de lo que sí me acuerdo.
*
17 de diciembre de 2014
Un pie en el desierto
Veo el sensacional documental de Patricio Guzmán, Nostalgia de la luz, que vincula metafóricamente la arqueología, la astronomía y la memoria del genocidio pinochetista. Las tres se nos presentan como lentas labores de reconstrucción del pasado capaces de iluminar las sombras del presente. El director chileno entrevista a la hermana de una de las víctimas, que estuvo años recorriendo el desierto de Atacama -donde funcionó el campo de concentración de Chacabuco- en busca de los restos de su hermano asesinado. Hasta que encontró el hueso de un pie con un calzado familiar. «Me pasé toda una mañana con el pie», cuenta ella, «callada, como en blanco». En blanco hueso. «Fue el gran reencuentro y la gran desilusión. Porque sólo entonces entendí que mi hermano estaba muerto». Una paz similar se merecen ya mismo los padres de los cuarenta y tres estudiantes desaparecidos de Ayotzinapa. Mientras tanto, en mi querida Granada, cada día se menciona o se calla el asesinato de Federico García Lorca. La ciudad se enorgullece y avergüenza al pensar en su hijo universal. Una ciudad que tardó medio siglo en dedicarle un parque y tres cuartos de siglo en erigirle una estatua. Quizás el propio poeta se habría reído de su estatua. Pero, para reírse, hace falta tener cuerpo. Nombro el cuerpo de Lorca tal como España lleva narrándose desde 1936: sin saber todavía qué pasó exactamente. Aquí seguimos debatiendo si remover fosas abre viejas heridas o las cierra. Priscilla Hayner, experta en comisiones internacionales de memoria histórica, publicó hace unos años Verdades innombrables. Este título me remite a un revelador ensayo del argentino Fernando Reati, Nombrar lo innombrable, y a cómo ciertos silencios ocupan el lenguaje. Las dictaduras siguen hablando cuando cambiamos de tema. Antes de alcanzar el alivio, explica Hayner, se negocia con el miedo. Miedo a un dolor aplazado y a unos ausentes que no son muertos sino fantasmas. El recuerdo de Lorca es literalmente fantasmagórico: no hay rastros de sus huesos ni tampoco grabaciones de su voz. Si la fosa de Lorca no se encuentra, algún día su fusilamiento podría convertirse en versión opinable, en leyenda desértica. Entonces alguien podrá decir que el hecho jamás se demostró. Que el horror no sucedió necesariamente así. Granada, escribió el poeta, no puede salir de su casa. Algunos muertos tampoco.
7 de febrero de 2014
Gramática y excremento
Se desnudan y se cubren con sus propios excrementos. Eso contaban hace un año en la frontera de Melilla. «Se quitan la ropa», relataba la Guardia Civil, «y se untan con sus heces para repelernos». Ayer se ahogaron diez intentando llegar a Ceuta. Se desnudan. Se enmierdan. Y se ahogan. Digo diez en lugar de «una decena», como suelen formular burocráticamente los medios, porque los inmigrantes no son objetos inanimados ni una categoría intercambiable, sino individuos tan irrepetibles como los redactores que los enumeran. Diez personas, entonces, y no una decena de inmigrantes. La gramática pública duda más de la cuenta con ciertas muertes. Como si no supiéramos muy bien qué género y qué número atribuirles. Como si no fuésemos capaces de conjugar nuestras normas con determinadas realidades. Uno de los principales diarios españoles publicó el titular: «Una decena de inmigrantes muertos…», identificando a los fallecidos como inmigrantes antes que personas, y provocando una concordancia imposible entre decena y muertos. Otro diario tituló, con más justicia, «Ocho personas mueren…». Pero esa misma noticia empezaba diciendo «ocho personas de origen subsahariano han fallecido ahogados…», como si alguien hubiera sustituido a última hora inmigrantes por personas, olvidando corregir el adjetivo muertos. Mientras tanto, una importante agencia informaba: «los fallecidos han muerto ahogados…», cometiendo una extraña redundancia, como si temiera no tomarse el asunto lo bastante en serio. La gramática es otra manifestación de la ley. Y la ley, ya se sabe, no predica lo mismo para todos los sujetos. Diez personas mueren y diez millones miran. Algunos dan la vida por tener esos derechos que se están asfixiando al otro lado de las vallas. Si estas vallas no son el colmo de la lucha de clases, una metáfora barata y brutal de las asimetrías de la ley, me pregunto qué mierda entendemos por ley y por metáfora y por clase. Diez personas muertas. Eso. Ayer, desnudas y untadas con sus propios excrementos. Hoy, ahogadas ante nuestros propios ojos. Sólo en apariencia, los excrementos son suyos y los ojos son nuestros.
23 de diciembre de 2013
Lo intraducible
Cuando vi al intérprete sudafricano Thamsanqa Jantjie convertir el discurso protocolario de Obama en una amalgama de tics y repeticiones incomprensibles, recordé que unas semanas antes, durante el cierre administrativo que forzaron los republicanos, una taquígrafa del Congreso de los Estados Unidos había tenido un ataque de nervios en plena votación parlamentaria. Diane Reidy, que llevaba años transcribiendo los discursos de sus señorías, se puso súbitamente en pie, se acercó a un micrófono y empezó a increpar a los congresistas, mientras estos trataban de tomar alguna decisión sobre el caos que ellos mismos habían provocado en el país. Casualidad o no, ambos incidentes nos remiten a un conflicto que parece afectar a todos los ciudadanos de las democracias contemporáneas: el cortocircuito en la transmisión entre el poder y la población. La imposibilidad de traducir el lenguaje político a la realidad ciudadana. El malestar en la representatividad. Presa del pánico, el intérprete sudafricano no encontró la manera de trasladarle a su comunidad lo que estaba diciendo el presidente más significativo del mundo. Presa de la ira, la taquígrafa no se sintió capaz de seguir copiando las intervenciones de los congresistas de su país. En ambos casos uno puede conformarse con la teoría de la locura, que suele distraer los casos más incómodos. O bien tomarlos como síntoma, y preguntarse por qué estos episodios tan extraños y similares han ocurrido ahora. Hoy Mandela es señalado como héroe por el mundo que se autodenomina civilizado. Los últimos presidentes norteamericanos, igual que los líderes del resto de potencias, se han llenado la boca de indigestas alabanzas acerca de su legado. Sin embargo, hace apenas cinco años Mandela continuaba figurando en la lista de terroristas vigilados por los Estados Unidos. Este tipo de desfases radicales entre dicho y hecho, entre discurso oficial y acción política, acaban enloqueciendo a cualquier intérprete. Traductor en shock, el ciudadano medio vive tratando de convencerse de que entiende el discurso de sus representantes, de que hablan idiomas compatibles. Hasta que un día, exhausto, empieza a sufrir alucinaciones. O, aún peor, empieza a hacerse el sordo.
Microclaves:
crisis,
democracia,
EEUU,
idiomas,
Mandela,
muerte,
Obama,
política,
psicología,
Sudáfrica,
terrorismo,
traducción,
violencia
11 de octubre de 2013
La teta y el patriarca (1)
Tres jóvenes activistas de Femen dejaron al descubierto sus ideas, su cuerpo y nuestras contradicciones al irrumpir en el Congreso. Al igual que sucede con el arte performático, lo más interesante de su intervención no es tanto la obra en sí como la ola de reacciones e interpretaciones que genera. Al margen de su puesta en escena, la iniciativa ha cumplido su objetivo: provocar un debate tan urgente y radical como las medidas machistas de Gallardón. La respuesta del PP ha sido previsible y plana, adjetivos que encajan con sus siglas. Varias diputadas del partido han descalificado la actuación de Femen, haciendo un superficial énfasis en los desnudos y evitando opinar sobre el fondo de su protesta o la reforma legal que encabeza el ministro. Muchos pensarán, y tendrán razón, que aparecer desnudas en el Parlamento no es una medida de buen gusto. Tampoco lo es dejarnos en pelotas con las decisiones que allí se toman por mayoría simple. El señor Gallardón, procreador general, se apresuró a comentar que la protesta constituye una «falta de respeto a la soberanía popular». Si tanto le preocupa la soberanía popular, lo coherente sería convocar un referéndum acerca de sus propuestas, que hacen retroceder a España 30 años en la conquista del derecho de las mujeres a decidir cuándo y cómo han de ser madres, en lugar de ser sujetos pasivos de la biología y, para colmo, de gobernantes conservadores como él. Ahora bien: como mucha otra gente, ante la protesta de Femen he sentido una mezcla de simpatía por la causa y objeciones hacia la forma. Lo más discutible es quizás el eslogan que esgrimieron las activistas: «El aborto es sagrado». Antes de lanzarse a juzgarlo literalmente, como intentaron hacer interesadamente el ministro y sus obedientes parlamentarias, puntualicemos que la mención de lo sagrado parece trabajar aquí en una doble dirección. En primer lugar, invierte el tópico que suele funcionar como lema antiabortista: si el derecho a la vida es sagrado, el derecho a la libertad individual también. En segundo lugar, denuncia las intrusiones de la moral religiosa en la legislación civil. Incluso para discrepar del eslogan, convendría tener en cuenta estos matices. Dicho lo cual, personalmente sigue pareciéndome erróneo: no es que el aborto sea un derecho sagrado. Es que precisamente la sacralización de ciertos conceptos terrenales y profundamente ligados a la ideología (la familia, los roles de género, el sexo, la libertad individual) nos impide debatirlos desde la racionalidad ciudadana.
20 de septiembre de 2013
La tempestad
Acaso porque la fuerza de la imaginación nos intimida o nos parece sospechosa, solemos repetir el dogma de que la realidad supera a la ficción. A mí me convence más la teoría de Wilde de que la vida tiende a imitar al arte. Nuestra forma de habitar y entender el jeroglífico de lo real tiene mucho de acto creativo. Cada experiencia íntima ejecuta en secreto la reescritura de una novela o el remake de una película. Y la política es capaz de copiar la forma exacta de nuestras pesadillas colectivas. Hace unos días, en pleno despertar del 11-S, diluvió sobre Madrid. El Congreso de los Diputados empezó a inundarse y, como la tempestad de Shakespeare, regó a sus señorías con una inquietante materia onírica. En un ataque de franqueza poética, la techumbre de nuestra democracia hizo de colador ante el asombro olímpico de unos parlamentarios japoneses que estaban de visita y que, probablemente, habrán suspirado de alivio al recordar que ellos no se reúnen en Fukushima. Pero esas elocuentes goteras fueron apenas el preámbulo de la siguiente alegoría. De tanto mirar hacia arriba, como una tribu bursátil que contempla el firmamento financiero, alguien de pronto descubrió que, en vez de sobrar grietas en el techo, nos faltaban agujeros. Varios de los disparos de los guardias golpistas del 23-F habían desaparecido. Las manchas más significativas de la página democrática española habían sido suciamente limpiadas. Las obras de reparación habían causado un daño irreparable. Igual que ciertos lapsus son recursos astutos de la voluntad, el olvido no es más que una variante del trauma. La memoria se manifiesta a veces con heridas y otras veces con metáforas: al intentar cubrir ciertos agujeros, se abrieron más goteras. A primera vista, parece una paradoja; en realidad no es más que pura lógica. La boca que se tapa termina gritando. La fosa que se esconde termina emergiendo. Y el terror que se borra termina salpicando las cabezas en cuanto sale el sol.
Microclaves:
11-S,
cine,
democracia,
dictadura,
España,
ficción,
Japón,
memoria,
novela,
política,
psicología,
Shakespeare,
sueño,
violencia,
Wilde
17 de julio de 2013
Llamadas a Bolaño (2)
Si tuviera que destacar alguno de los dones de Bolaño, creo que elegiría la desesperación. Bolaño no narraba historias: las necesitaba. Su escritura tiene una cualidad profundamente agónica. Quizá por eso conmueve tanto, hable de enciclopedias o crímenes, de sexo o metonimias. La narrativa contemporánea, observa en La literatura nazi en América, tiende a la falta de compasión, a la incapacidad «de comprender el dolor y por lo tanto de crear personajes». Bolaño desnuda de golpe la intimidad de sus personajes, mientras estos parecen discurrir sobre pormenores literarios. Su metaliteratura es una maniobra emotiva: nada consta como dato cultural en sus textos, todo está en estertor. El resumen de esta actitud podemos encontrarlo en “Otro cuento ruso”, cuya anécdota transcurre durante la Segunda Guerra Mundial. Sangrando por la boca, con la lengua brutalmente retorcida por unas tenazas, un soldado sevillano intenta gritar coño. Pero emite unos sonidos que sus torturadores interpretan como Kunst. Es decir, arte en alemán. De esta manera «la palabra coño, metamorfoseada en la palabra arte», le salva la vida.
10 de junio de 2013
La crisis como patria
Una diferencia significativa entre Latinoamérica y Europa radica en la extensión de sus respectivas clases medias: factor que conviene tener en cuenta para no frivolizar en las comparaciones. Pero esta involutiva Europa tendría mucho que aprender de la otra orilla, si no fuese porque en general se limita a subestimarla políticamente o a colonizarla económicamente. Un ciudadano latinoamericano da por sentado que su país puede irse al carajo en cualquier momento. Como si la crisis fuese el campo de juego. Una patria en sí misma. El ciudadano europeo hoy tiende, en cambio, a quedarse perplejo o deprimirse frente a la crisis. Como si esta formara parte de algún inexplicable error de cálculo. A mediados del pasado siglo, el continente entero estaba devastado y sumido en la miseria. Si se salió de dos posguerras mundiales, debiera ser posible reconstruirse tras el bombardeo de la troika. Claro que, para eso, antes sería necesario reconocer lo demolido.
29 de marzo de 2013
Semana Santa o no tanto (y 2)
Si nos atenemos a la cuidadosa elección del nombre y a los significados de sus gestos, cabe deducir que Bergoglio es un hombre particularmente consciente del poder de los símbolos. Un Papa, en cierto modo, literario. No en vano alguna vez dio, según cuentan, clases de literatura. Quizá por eso mismo me inquieta su manejo de las metáforas y sus connotaciones. «Nuestra vida es un camino», fueron sus primeras declaraciones, «y cuando nos paramos la cosa no va». No estoy seguro de a qué paradas se refería. Pero creo que muchos agradecerían que el Vaticano se parase un momento a investigar los casos de pederastia internacional y corrupción financiera que ha tenido. Y que se detuviera a reflexionar por qué resultan tan frecuentes. El Pontífice poetizó también sobre la necesidad de edificar la Iglesia con «piedras fuertes», para que no le ocurra «lo que les sucede a los niños en la playa cuando hacen castillos de arena». Considerando el terrible expediente de abusos que continúan impunes, esta alusión veraniega a la infancia no me sonó precisamente oportuna. Sabemos que el Papa acudió a rezar a la basílica de Santa María en un Ford, vehículo menos lujoso que el que utilizaban sus antecesores, decisión que le granjeó fervorosos aplausos. Por desgracia, si para el resto del mundo el Ford puede ser un coche corriente, para los argentinos es además la marca de los célebres coches en que los militares acudían para secuestrar a los desaparecidos. Me cuesta entender que Bergoglio no recordara este detalle, de sobra conocido en la historia nacional, cuando eligió vehículo. O quizá se acordó perfectamente, y le pareció una sutil respuesta. La prosa del Pontífice está llena de recovecos. En eso no podemos negarle la maestría.
14 de marzo de 2013
Derritiendo medallas
Da la impresión de que, de un tiempo a esta parte, hubiéramos perdido definitivamente la inocencia deportiva: los coletazos de la Operación Puerto, los abusos en la natación sincronizada, el amaño de apuestas futbolísticas, los disparos psicópatas de Pistorius y otras medallas derretidas. Habrá quien suspire de pura decepción. A mí, en el fondo, esa pérdida me alivia. Tendemos a recurrir al deporte para preservar cierto vínculo semirreligioso con la realidad, adorando a unos ídolos que no son divinos pero sí sobrehumanos. Quizá vaya siendo hora de releer esa infancia épica: los sobrehumanos suelen hacer trampas. El encumbrado lema de una marca deportiva, Just do it, nos revela desde esta perspectiva su lado más siniestro. La dictadura del hecho por sobre todo lo demás. El desprecio de los límites, que muchas veces no son signo de impotencia ni cobardía, sino de respeto y conciencia de las reglas. Resulta peligroso conformarnos con el sutil fascismo del simplemente hazlo. Lo decisivo es cómo y por qué hacemos lo que hacemos. Y eso vale lo mismo para Armstrong que para Urdangarín, sólo por mencionar a dos campeones que hicieron muchas más cosas de las que debían hacer.
8 de marzo de 2013
Higiene vaticana
«Pon el detergente, cierra la tapa y relájate... ¿Qué contribuyó más a la emancipación de la mujer occidental? Unos dicen que la píldora, otros la liberalización del aborto, otros el trabajo fuera del hogar. Algunos, sin embargo, van más lejos: la lavadora.»
(del artículo ‘La lavadora y la emancipación de la mujer’, publicado en L’Osservatore Romano, diario oficial del Vaticano, el 8 de marzo de 2009, Día Internacional de la Mujer Trabajadora.)
Bendita seas, lavadora, en tu infinita gracia, en tus centrifugados y programas automáticos. Sea siempre contigo la bienaventuranza del virtuoso suavizante, que penetra en tu vientre sin placer ni pecado. Tú, lavadora, que has sabido alejar de las féminas la tentación del frotamiento con las propias manos. No te detengas nunca en tu peregrinar, no dejes que se llenen de prendas bochornosas nuestros cestos. Nos postramos ante ti, lavadora, y pedimos perdón por todos nuestros derramamientos, y damos gracias por tu abnegación inoxidable, tu entrega al prelavado. Eres santa, estás hecha para el prójimo. Eres fiel, no abandonas jamás ningún hogar. Eres del otro mundo, lavadora. Porque en ti está la vida, fuente de limpieza. Porque en ti está el movimiento, razón del aclarado. Porque en ti está la piedad, causa de nuestra dicha. Oh, lavadora, metal angélico, tambor de la virtud que redimes toda mancha, toda impureza, todo estupro. Enjuagarás por siempre nuestras humildes sábanas, sin importar la edad de aquel con quien pecamos. Amén.
11 de enero de 2013
Mundo animal
Son a veces las noticias menores las que mejor retratan a una sociedad. Bajo el ruido miope de los indicadores financieros, murmuran pequeños síntomas que nos conciernen. Leo que, en el hipódromo de Manacor, un hombre mató a golpes a su caballo. Ese mismo caballo había obtenido hasta el momento 24 victorias y casi 6.000 euros en premios. Su dueño lo apaleó tras perder una competición que repartía unos 500 euros. ¿A qué nos suenan estas cuentas? ¿Cuántos despidos fulminantes se han consumado en empresas que jamás contabilizan sus beneficios anteriores? «Pagaría por volver atrás», ha declarado el animal (no el equino) sobre su comportamiento. Muchos patrones y directivos se absolverían con esa frase, mientras sacrifican a su fuerza de trabajo por no hacerles ganar tanto como ayer. Al ritmo que galopamos, la asociación tiene muy poco de metáfora. Por cierto: en la carrera donde se produjo el apaleamiento, ningún apostante acertó el caballo ganador.
1 de enero de 2013
Descansen armas
Lo más triste de todo en la querida Venezuela no es el abismo interno entre chavistas y opositores. Lo más triste no es que en este momento haya bastantes venezolanos deseándole la muerte a un presidente legítimamente electo, mientras otros tantos rezan por la supervivencia de un líder mesiánico que se obstinó en ser reelegido en estado terminal. Lo más triste no es que ni unos ni otros, ciudadanos de pleno derecho, hayan sido jamás informados verazmente sobre la salud de su jefe de Estado. Quizá lo más triste de todo sea que antes de
Chávez hubo un intento de golpe militar (perpetrado por él mismo); que durante su
mandato hubo otro intento de golpe militar (en contra de él); y que hoy las Fuerzas Armadas siguen ahí, irreductibles, gestionando la incertidumbre política.
Microclaves:
Chávez,
democracia,
dictadura,
elecciones,
enfermedad,
muerte,
política,
Venezuela,
violencia
25 de septiembre de 2012
Sembrar piedras
Existen distintos tipos de violencia, y la física es tan sólo una de ellas. No justifico ni apruebo la violencia callejera: una vez que empieza, nadie sabe ponerle límites. Pero se me hace difícil no comprenderla. Más todavía si, como de costumbre, la policía contesta a cada piedra con diez disparos. El 15-M ha sido ejemplarmente pacífico en sus protestas. Ningún responsable político tomó en cuenta sus reinvidicaciones. Lo siguiente, porque es inevitable, será que algunos manifestantes pierdan definitivamente la paciencia. Y entonces no valdrá aferrarse al civismo como reproche fácil. Mientras el Gobierno de turno no entienda que ciertos recortes, despidos e injusticias resultan tan violentos como un golpe en la frente, estará sembrando las futuras pedradas en la calle. Cualquier presidente se daría cuenta. ¿Hay alguien ahí?
16 de abril de 2012
El nadador
El sábado pasado, como parte del programa de las Jornadas sobre Republicanismo Español, un centenar de incautos nos reunimos bajo la lluvia para recordar el camino que García Lorca y muchos otros hicieron en las inmediaciones de Víznar, al norte de Granada, antes de ser fusilados. Entre los asistentes estaba el hijo de Salvador Vila, fugaz rector universitario en 1936, que llegó desde Londres para peregrinar hasta la fosa donde arrojaron a su padre. Miguel Vila fue un niño exiliado. Hoy es un jovial anciano que viaja con su nieto angloparlante. Me conmueven su sonrisa y su amabilidad, cicatrices astutas de quienes han sufrido en serio. «Me da vergüenza hablar en español», me explica en inglés, «porque se me olvidan las palabras». Más tarde compruebo que maneja a la perfección su idioma materno, o violentamente paterno. Quizá lo difícil para él sea hablarlo justo aquí, en el lugar donde callaron a su padre, y su lengua adquirida funcione como un testimonio de supervivencia. Volviendo del barranco, Miguel Vila nos dice: «Ha sido horrible y hermoso». Después nos da la mano, se ajusta la capucha y desaparece bajo el agua.
Suscribirse a:
Entradas (Atom)