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4 de octubre de 2017

No tarda en irse


Ayer se apareció ante mí bajo la forma
de dos gomas violetas que apretaban un ramito de espárragos:
una felicidad pequeña, variedad jardín, nada que ver 
con la conversación inmensa y de piernas cruzadas que tuvimos 
en la cama unos diez años atrás, o cuando apareció
como un espacio fino en una boca ligeramente abierta
que escuchaba a un amigo culpando a los demás
con una precisión casi cruel; la sensación de ser reconocido
al hacerse un espacio en esa boca que fue felicidad.
Estaba la felicidad de mi madre, sentados en un bus
de Londres, por haber viajado sola para ver a su hijo,
y parecía mucho más presente que todo el equipaje
que estábamos llevando y que pesaba tanto como su felicidad,
o que era acaso su felicidad. Es infrecuente
una felicidad de nuez como la que dejamos que reparta mi padre
cuando se pone muy sentimental, avergonzándonos a todos.
Y, por supuesto, el bobo sombrerito de felicidad que los niños
nos plantan cada vez que imitan el saber. O cuando me detengo
en algún escalón, inhalándola y exhalándola,
y permanecen la muerte y lo muerto que hay después de morirse,
susurrando una especie de canción sobre ella. O
a solas contigo, viendo televisión, cuando todos se deprimen
como troncos podridos por aquello que más nos importa,
porque -por muchas formas y grados que presente- la conocemos,
porque no siempre llega, y no tarda en irse.


[poema original: 
“Happiness”, de JACK UNDERWOOD.
De su libro Happiness, Faber & Faber, Londres, 2015.
Traducción: Andrés Neuman.]

12 de enero de 2015

Gris multicolor

Uno tiende a conceptualizarse en blanco y negro, a preguntarse absurdamente si alguien es feliz en su vida como si existiera una respuesta posible, como si a ciertas cosas se les pudiese atribuir un sí o un no. Sin embargo, al ingresar en el terreno del arte y la ficción, se accede de inmediato a una conciencia del contraste, del gris como base de la observación, de lo agridulce como continuidad. Entonces se percibe que hay una extraña belleza en el dolor, que hay algo misteriosamente cómico en la tragedia y, por supuesto, algo aterrador en todo bienestar.

31 de diciembre de 2013

Mortal en rebeldía

En teoría estas son fechas de balances y propósitos. Sin embargo, en la práctica, las Navidades parecen oficialmente organizadas para que resulte imposible pensar. Su sobreactuada festividad conduce, mucho más que a las conclusiones, al consumo y la hiperactividad. La denominada sociedad del bienestar se postula en teoría como moral hedonista. Evitar los pensamientos negativos y alejarse de la angustia, según sugieren las literaturas de autoayuda, tendría como presunto objetivo el goce inmediato de la vida. Pero si se omite el discurso subterráneo de la muerte, si en paralelo no se desarrolla una moral de la mortalidad, esos mismos principios se nos revelan violentamente capitalistas. Porque, para que puedan oprimirme, para que puedan explotarme más allá de la razón, es necesario que en el fondo yo me sienta inmortal. Alguien que se piense desde la muerte, que cultive la certeza de que morirá pronto, encontrará mayores objeciones a la hora de dejarse atropellar. El ciudadano medio es por tanto potencialmente más rebelde sabiéndose mortal que viviendo en una suerte de inopia donde la finitud funciona apenas como un vago sobreentendido. Quien pone la mortalidad en el centro de su identidad tiende a adoptar decisiones radicales. Esas decisiones resultarán probablemente subversivas o, como mínimo, mucho menos productivas desde el punto de vista económico. No hay bienestar posible sin dejar de estar. En las antípodas de la depresión, nombrar el propio fin (¿qué otra cosa es el arte si no un ars moriendi?) puede ser el principio vital de toda rebeldía.

15 de febrero de 2013

De limón

Acabo de comprarle un helado a mi padre. Él me sonríe feliz. Nada más que decir del tiempo. 

4 de febrero de 2013

Familia, S. A.

Cada modelo de sociedad reside en su educación y sanidad. Y cada modelo educativo y sanitario define lo que entendemos por familia. Hoy los mismos conservadores que dicen defender la familia son, curiosamente, quienes hacen peligrar su salud. Vi a mi padre salvarse en un hospital público. Vi a mi madre morir en un hospital público. Que nadie privatice nuestra dicha ni tampoco nuestro luto. 

28 de marzo de 2012

El síndrome de Jet

Cada vez me cuesta más salir de estaciones y aeropuertos. Lejos de detestar esos recintos, confieso que los busco y hasta me invento pretextos para alargar mi estancia en su interior. Me quedo a comer en ellos: su espera me alimenta. Nada prometen esos ratos, la expectativa se vuelca sobre sí misma. Leo con una atención de la que soy incapaz en el mundo exterior, cuya fascinación es dispersa. Ahí dentro, en su aparente confusión de destinos, se vuelve clara nuestra naturaleza transitoria. En cuanto salimos para pisar la calle, en cambio, quedamos secuestrados por el malentendido de que hemos llegado a alguna parte. Mi vuelo se demora. Se es feliz por accidente.

30 de octubre de 2010

Felicidad y duelo

«Las felicidades se baten a duelo y una de ellas debe morir». Eso leo en el nuevo libro de cuentos de Antonio Ortuño, Señora Rojo. Cuantas más felicidades, ¿mejor? ¿O esas felicidades se acribillarían entre sí, tratando de imponérsenos, de reclamarnos todo nuestro tiempo? ¿Lo mejor sería entonces una felicidad pequeña, única y resguardable? Pero, ¿y si se muere? ¿Y si nos deja solos? ¿O si ya estamos solos? ¿Y si precisamente eso, estar solos, fuese la única felicidad segura? El duelo duele. La soledad suelda.