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29 de mayo de 2020
Salir
Salir por fin a la calle tras el confinamiento, no con sensación de libertad pero sí de cierta amplitud, me resultó una experiencia vagamente onírica: todo lo real parecía una frágil representación, un simulacro de algo que estaba a punto de desvanecerse de nuevo. Moviéndome por ese espacio recuperado no sentí alegría ni euforia, sino una asombrada vulnerabilidad, una emoción subterránea. Lo más memorable fue encontrarme a distancia con mi padre, que es enfermo cardíaco, después de meses sin vernos. Nos saludamos a la nipona en un parque cualquiera, nos sonreímos sólo con los ojos y nos pusimos a caminar juntos, en paralelo, mirando fijo al horizonte.
21 de marzo de 2017
Le regalé una lupa a mi maestro
como su colección de ojos.
En sus últimos años
—y todos fueron últimos—
no podía leer sin esa ayuda.
La ayuda es ilegible.
Movía su barriga entre paréntesis
arrastrando su máquina de oxígeno.
Fumaba sus hipérboles.
Tenía un surrealismo de víscera de campo.
De niño confundía caballo con papá.
Cierto día me dijo que soñó
con un hombre colgado de una soga:
un pie descalzo, el otro
con una media negra.
¿Por qué tenía pies que discrepaban?,
se preguntaba insomne mi maestro.
Cuando fui a dar el pésame
vi la lupa dormida
sobre una hoja en blanco,
aumentando el silencio.
(Poema inédito. En el Día Mundial de la Poesía
y en memoria de José Viñals, maestro en permanente aniversario)
20 de septiembre de 2013
La tempestad
Acaso porque la fuerza de la imaginación nos intimida o nos parece sospechosa, solemos repetir el dogma de que la realidad supera a la ficción. A mí me convence más la teoría de Wilde de que la vida tiende a imitar al arte. Nuestra forma de habitar y entender el jeroglífico de lo real tiene mucho de acto creativo. Cada experiencia íntima ejecuta en secreto la reescritura de una novela o el remake de una película. Y la política es capaz de copiar la forma exacta de nuestras pesadillas colectivas. Hace unos días, en pleno despertar del 11-S, diluvió sobre Madrid. El Congreso de los Diputados empezó a inundarse y, como la tempestad de Shakespeare, regó a sus señorías con una inquietante materia onírica. En un ataque de franqueza poética, la techumbre de nuestra democracia hizo de colador ante el asombro olímpico de unos parlamentarios japoneses que estaban de visita y que, probablemente, habrán suspirado de alivio al recordar que ellos no se reúnen en Fukushima. Pero esas elocuentes goteras fueron apenas el preámbulo de la siguiente alegoría. De tanto mirar hacia arriba, como una tribu bursátil que contempla el firmamento financiero, alguien de pronto descubrió que, en vez de sobrar grietas en el techo, nos faltaban agujeros. Varios de los disparos de los guardias golpistas del 23-F habían desaparecido. Las manchas más significativas de la página democrática española habían sido suciamente limpiadas. Las obras de reparación habían causado un daño irreparable. Igual que ciertos lapsus son recursos astutos de la voluntad, el olvido no es más que una variante del trauma. La memoria se manifiesta a veces con heridas y otras veces con metáforas: al intentar cubrir ciertos agujeros, se abrieron más goteras. A primera vista, parece una paradoja; en realidad no es más que pura lógica. La boca que se tapa termina gritando. La fosa que se esconde termina emergiendo. Y el terror que se borra termina salpicando las cabezas en cuanto sale el sol.
Microclaves:
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3 de junio de 2013
Disco duro
Hoy, en el instante previo al despertar, he creído distinguir entre los pliegues de mi mente algunos recuerdos perdidos, ideas que estuve a punto de tener, surcos de errores que voy a repetir, imágenes en fila con su nombre. ¿Y si toda la historia de la informática fuese un autorretrato destinado a obtener, literal, extrañísimo, un cerebro humano?
18 de marzo de 2013
Francamente Mordzinski
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| © Daniel Mordzinski. Buenos Aires, San Telmo, 2008. |
[Tercera entrega del proyecto fotográfico-poético Cuerpos extraños, en colaboración con Daniel Mordzinski. Ver entregas anteriores: Alberto Barrera Tyszka y Pola Oloixarac.]
7 de febrero de 2013
Canción de las pornógrafas
Mi amigo Gabriel, que existe aunque merezca ser un personaje, me cuenta desde Argentina que, en la madrugada del 29 de enero, soñó con mi madre. Yo acabo de aterrizar, sueña Gabriel, para asistir a un extraño homenaje a mi madre en Córdoba. Según la prensa local, sigue soñando mi amigo, a los 28 años de edad ella compuso un himno para el conservatorio. El formidable título de ese himno imaginario es Canción de las pornógrafas. Yo lo pronuncio en voz alta y después, tragando saliva por la emoción, muestro a la concurrencia una fotografía en blanco y negro donde aparece mi madre muy joven, entre oboes, flautas y contrabajos, vestida con una falda larga. En ese momento mi amigo despertó. Y supo de inmediato, me escribe, que ese sueño era de otro. Del hijo de la soñada. Mi madre, a quien Gabriel jamás ha visto. Que fue, en su juventud, algo pornógrafa. Que, precisamente a los 28 años de edad, volvió a casarse con mi padre tras haberse separado: uno de mis primeros recuerdos de infancia. Y que ese mismo 29 de enero, aunque mi amigo tampoco lo supiera, habría cumplido 60 años. Recuerdo a cierto escritor que, al escuchar el título que un compañero iba a ponerle a su libro, le advirtió: «Acabo de tener una idea en tu cabeza». Aquel título era el que buscaba hacía mucho tiempo. Al final ambos se lo jugaron al póquer. Y ganó el que tenía que ganar.
19 de noviembre de 2012
Trío
El rigor de las greguerías radica en la falta de seriedad con que, en ocasiones, alcanzan la trascendencia. Le leo a Elías Moro: «los sonámbulos son nuestros fantasmas de andar por casa». Lo mismo podría decirse de los noctámbulos. Y de los ex.
22 de octubre de 2012
El martillo
Como todo el mundo sabe, en cada habitación donde dormimos, en cada hotel al que vamos, nos espera un martillo que es el mismo de siempre. Ese incansable martillo nos persigue y, en cuanto nos reconoce en la habitación contigua, se pone a ladrar clavos de contento. Nosotros, naturalmente, tratamos de dormir. Pero él jamás se aquieta. Insiste. Se ensaña en la pared de nuestro sueño. Quizá sea una suerte. Quizás esté velando por nosotros. Martillo temporal, golpe de vida, empecinado pulso.
31 de agosto de 2012
Bellos durmientes
Una amiga me explica que nada en el mundo le parece más sexy que un bostezo. Que, al bostezar, un hombre pone en acción todos y cada uno de sus músculos. Que, en ese exacto instante, un espasmo incontenible recorre sus cuerpos. El de él y también el de ella. Y que, de alguna forma, ella calibra la virilidad de sus posibles amantes a través sus bostezos. Quizás el amor perfecto consistiría en caer profunda e inmediatamente dormido, en cuanto nos la presentaran, ante la persona de nuestros sueños.
27 de julio de 2011
Disco duro
Hoy, en el instante del despertar, he creído reconocer entre los pliegues de mi mente unos recuerdos perdidos, ideas que estaba a punto de tener, surcos de errores que iba a repetir, imágenes almacenadas, su ordenación, sus nombres. ¿Y si toda la informática fuese un lento autorretrato destinado finalmente a obtener, intacto, impecable, un cerebro humano?
21 de noviembre de 2010
Teoría de los trasnochadores
Los trasnochadores se quedan despiertos porque contemplan, proyectados en las paredes, los sueños ajenos. Después, cuando amanece, se acuestan a soñar con lo que han visto. Puede decirse que sueñan dos veces.
18 de octubre de 2010
Madre música
He vuelto a soñar con mi madre tocando el violín. El sueño tenía lugar (¿tienen lugar los sueños?) en el auditorio Manuel de Falla, el último lugar donde ella hizo música. Era un concierto de Mozart bastante habitual en su repertorio. Yo la escuchaba sentado entre el público. Extrañamente, mi madre estaba vestida de calle. Con el pelo muy corto, sin teñir. Las mejillas coloradas por el esfuerzo. A veces desafinaba. Cada vez que una nota le salía mal, yo cerraba los ojos para no verlo. Pero, cuando volvía a abrirlos, mi madre me miraba fijamente desde el escenario y sonreía. Al despertar, me ha parecido que ella estaba tratando de enseñarme a disfrutar de los errores. El tiempo nos deja huérfanos. La música nos adopta.
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