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25 de abril de 2016

Barbarismos en Argentina

(Celebrando la edición argentina de Barbarismos. Detallesaquí.)


amar. Verbo irregular.

baño. Biblioteca sin prestigio.

corazón. Músculo peculiar que, en vez de levantar peso, lo acumula.

democracia. Ruina griega.

escuchar. Extraer música del ruido. || 2. Acción y efecto de prepararse para interrumpir.

ficción. Acontecimiento que aspira a suceder.  

goleador. Individuo que celebra lo que merecieron otros.

humor. Facultad de parodiar las propias convicciones, o sea, de pensar. || 2. ~ negro: ejercicio mediante el cual un humorista comprueba si sigue vivo.

imperfección. Perfección mejorada por el escepticismo.

jeta. Rostro, unos años más tarde.

kitsch. Mal gusto de buen gusto.

leer. Acción efecto de vivir dos veces.

maternidad. Momento de plenitud de una trabajadora antes de ser despedida.

noviazgo. Período durante el cual dos enamorados hacen todo lo posible por no conocerse.

ñu. Especie rumiante protegida con el noble fin de que no se extingan los crucigramas.

orilla. Mitad de un lugar. || 2. Comienzo del puente.

política. Campaña electoral ocasionalmente interrumpida por la acción de gobierno.

quietud. Estado sumamente improbable.

reconciliación. Tregua acordada entre dos cónyuges con el objeto de perfeccionar su ruptura. || 2. ~ nacional: desmemoria pactada entre dos bandos que se recuerdan perfectamente.

sexo. Episodio carnal que les sucede a otros. 

traducción. Único modo humano de leer y escribir al mismo tiempo. || 2. Texto original que se inspira en otro. 

universidad. Necrópolis con cafetería.

viejo. Joven tomado por sorpresa.

whisky. Lujo del hielo.

xenófobo. Individuo al que le repugnan sus propios ancestros.

yo. Conjetura filosófica.

zen. Estado que precede al ataque de nervios.

12 de enero de 2015

Gris multicolor

Uno tiende a conceptualizarse en blanco y negro, a preguntarse absurdamente si alguien es feliz en su vida como si existiera una respuesta posible, como si a ciertas cosas se les pudiese atribuir un sí o un no. Sin embargo, al ingresar en el terreno del arte y la ficción, se accede de inmediato a una conciencia del contraste, del gris como base de la observación, de lo agridulce como continuidad. Entonces se percibe que hay una extraña belleza en el dolor, que hay algo misteriosamente cómico en la tragedia y, por supuesto, algo aterrador en todo bienestar.

26 de diciembre de 2014

Talento para perder (5)

Cuando mis padres me anunciaron que nos íbamos del país, lo primero que hice fue elegir los libros que me llevaría y ponerme a grabar goles de Boca. En una nueva ironía xeneize, mi equipo al fin había empezado a ganar y ahora resultaba que tenía que irme. Apenas me había dado tiempo a disfrutar de dos copas sudamericanas y de la fugaz dupla Latorre-Batistuta. Mi deseo era mostrarle mi equipo argentino a mi primo español, seguidor del Real Madrid y admirador de la Quinta del Buitre. En cuanto aterrizamos en España con mis padres y mi hermano (a quien había convertido a la fe xeneize), me apresuré a extraer mi equipaje de goles. Le había ponderado mucho aquellas imágenes a mi primo, glosándolas con todo lujo de adornos y exageraciones. Nos sentamos en el sofá emocionados, dispuestos a contemplar la mayor belleza futbolística de Latinoamérica. No podría describir mi espanto al comprobar que el formato en que había grabado todas aquellas cintas era absolutamente incompatible con el formato español. Lo único que apareció en la pantalla fueron rayas grises, figuras fantasmales y voces deformadas. Como de otro mundo.

25 de diciembre de 2014

Talento para perder (4)

El fútbol me salvó de muchas cosas. De ser el niño raro al que martirizan en la escuela. De no poder compartir más que gruñidos con mis compañeros. Del riesgo de ignorar el cuerpo, proclive como era a imaginar de más. El fútbol me enseñó que, si uno corre, es preferible hacerlo hacia delante. Que no conviene pelear solo. Que a la belleza siempre le dan patadas. Y que nuestros rivales se parecen demasiado a nosotros. Una de las costumbres que más me disgustan de nuestra pasión futbolera es el arsenal de tópicos referentes a la virilidad de los jugadores, ese malentendido que confunde el talento con las zonas inguinales. Recuerdo por ejemplo haber pasado media infancia escuchando las críticas que mi jugador predilecto, el Chino Tapia, recibía cada vez que perdía una pelota. Enganche zurdo, con esa electricidad que tienen ciertos pasadores para pensar y decidir bajo amenaza, el Chino era audaz en la conducción, visionario para los espacios e inesperadamente generoso en el último pase. Pero, un domingo tras otro, ciertos hinchas inguinales exclamaban: ¡Tapia, la puta madre, parecés una bailarina! O, si algún toque sutil no prosperaba: ¡No seas maricón, Chino, carajo! Durante el Mundial de México, mi infancia se topó con otra triste conclusión: los generosos suelen ser suplentes. En este caso, por supuesto, la camiseta número 10 era muy de otro. Pero, con el fútbol rupestre de Bilardo, el Chino no podía aspirar ni a media hora. Apareció un rato contra Corea y otro rato contra los ingleses. Luego de un breve acorde con Maradona, decidió por una vez no cederle el protagonismo a nadie y disparó desde lejos con su pierna mala. La pelota tropezó con el poste. Se paseó por la línea como dudando. Y se marchó a milímetros del gol. En aquel mismo instante, el delicado Tapia se desgarró la ingle.

10 de septiembre de 2014

Cara a cara

La última novela de Antonio Soler, Una historia violenta, empieza con la extraordinaria descripción de la cara de un personaje, similar a la fachada trasera del edificio donde vive, «sin ventanas y mal pintada pero lisa y muy alta». Los personajes rara vez tienen cara para los lectores, que tendemos a atribuirles otra o bien ninguna. Sin embargo, cuando uno conoce en persona al autor de esas ficciones, su fisonomía se infiltra amigablemente en cada perfil imaginario, superponiendo sus rasgos como dos hojas de papel sobre el cristal de una ventana. Pienso de pronto en los rasgos de Antonio Soler, en cómo los describiría él mismo en una novela. Tienen algo de claroscuro, haya la luz que haya: no importa si es un foco lateral, una lámpara de techo, una linterna nocturna o el fulgor de la costa malagueña. La cara de Soler se hace sombra y deja que ciertas zonas resplandezcan, como si fuese una técnica narrativa. Se contradice un poco esa cara, tiene el mentón pequeño y la frente expansiva. Una mitad se lo piensa dos veces, se retrae y se fuga, mientras la otra mitad quiere asomarse al mundo, sobresalir, anticiparse. Soler tiene en la cara sus miedos y su antídoto. Un mapa de ángulos y curvas donde algo se accidenta. Territorio de hoyuelo y cicatriz. Es una cara bella, jamás bonita. Lo bonito carece de conflicto, mientras que lo bello está atravesado por tensiones internas. Cuando uno mira a Soler, tiene la impresión de que un ojo se le oscurece y el otro bromea. Con esos ojos vigilantes, que van de cacería por la memoria, narra mejor que muchos con el cuerpo entero.

29 de octubre de 2013

Fraseo y certeza

Uno no sabe bien si la nueva novela de Juan Gabriel Vásquez, una novela breve para su costumbre y extrañamente lírica para esa prosa exacta, filosa, de geómetra, será superior o sólo distinta a sus entregas anteriores, todas ellas admirables, todas ellas lecciones de arquitectura narrativa, pero leyendo Las reputaciones uno se atrevería a sostener, con sintaxis más bien suya, siempre sólida y sinuosa, capaz de desplegar las articulaciones de la frase como se estira un brazo o se dobla una rodilla, que la escritura de Vásquez ha alcanzado una maestría insólita, un estilo que cubre al mismo tiempo las funciones de la improvisación poética y del artefacto estructural, distribuyendo con puntería cada acontecimiento y deteniéndose en detalles que revelan vidas, uno se atrevería a afirmar eso y más, porque también se trata de una tensa parábola sobre los recovecos de la libertad de expresión, sobre los mecanismos de ese monstruo parlante que llamamos opinión pública, hasta que uno se encuentra, por ejemplo, con el pasaje en que el protagonista de la novela, el caricaturista bogotano Javier Mallarino, siente celos del envejecimiento del cuerpo de su ex mujer, celos de las estrías de sus caderas y las sombras de sus nalgas, «porque las sombras y las estrías no eran sombras y estrías, sino mensajeros de todo lo que había sucedido en su ausencia: todo lo que Mallarino se había perdido», y entonces uno siente que el cuerpo de la escritura y el alma de la observación a veces pueden, cuando la experiencia eleva el talento igual que el tiempo madura la belleza, coincidir en una misma historia, un mismo autor, en el aplauso de dos manos que cierran un libro para abrir otra puerta. 

9 de mayo de 2013

Otra canción de luna


Dos, tres, cuatro
De todas formas el amor no se parece
para nada a la luna. Qué pesada,
la luna. Esa pasivo-agresiva
con un vestido caro. La misma que te topas
enfrente de tu puerta, a las 3 de la mañana,
lloriqueando, con 
«ganas de que hablemos».
La luna es problemática. No es capaz de apagarse, 
la princesa con bótox que en privado
adora hacer de loca de las fiestas.
¡Con cuánta indiferencia alborota la sangre
de su pecho y cojea descalza por la casa,
fumando! Después corta a mamá en pedacitos
con un hacha. La pobre chica ha estado

todo el día muriéndose de hambre, 
o bebiendo de más, o arañándose
la cara. Y va a sobrevivirnos
a todos, puta fresca,
nos va a sobrevivir a todos…
Y uno.


("Another moon song", poema original de Tiffany Atkinson. De su libro Catulla Et Al, Bloodaxe Books, 2011. Traducción de Andrés Neuman.)

18 de abril de 2013

Patio de locos


¡escarabajo! insiste
el loco que se arrastra por el patio
pero nadie parece comprender
esa premonición (¿el narrador sabrá?)
todos miran al cielo con el labio colgando
otro loco se traga el sol y eructa
el doctor nube pasa
se interesa
¿y por qué escarabajo?
el profeta enfurece
hay cosas que se aplastan si se explican



(del nuevo poemario doble No sé por qué y Patio de locos, editorial Pre-Textos, 2013. Más información, aquí.)

25 de febrero de 2013

Veranos conjeturales

La playa es un espacio de deseo. Pero también el escenario de lo que no sucede. Muchos hemos pasado parte de nuestra infancia o adolescencia espiando cuerpos inaccesibles, suplicándole al tiempo. Quizá por eso una playa tiene algo de memoria disponible. De página desmesurada donde todo está aún por narrar. Una vez, un verano, cierta chica mayor de la que me había enamorado entró en el mar. Corrí detrás de ella y, sin que lo supiese, fui calcando en el agua sus movimientos. Si ella levantaba un brazo, yo levantaba el mío. Un giro ahí, otro giro acá. Como una coreografía a distancia. Nadamos así, accidentalmente juntos, hasta que una mancha color verde se acercó entre las olas. Estiré una mano. Era algo mucho más vivo que un pez: la mitad superior de un bikini. Me volví de inmediato hacia mi amor conjetural. La divisé braceando en todas direcciones, con gesto contrariado. No parecía haber reparado en mi presencia. Sin dudar un instante, escondí aquella levedad dentro de mi propio traje de baño. Volví nadando rápido hasta la orilla, con una caricia ajena serpenteándome entre las piernas. Al cabo de un rato la vi emerger de nuevo, cubriéndose los pechos y riendo para alguien que jamás fui yo. Aquella natación en parte imaginaria, igual que aquel fetiche verde con el que dormí todo el verano, siguen provocándome una cosquilla muy parecida a eso que llamamos ficción.

21 de enero de 2013

Monólogo del basurero

Soy el ocultador. No oculto nada mío: trabajo con la vergüenza ajena. Los conductores que se impacientan al encontrarse con mi camión son los mismos que, un rato antes, han dejado su escoria en la puerta para que me la lleve lejos. No quieren verla ni olerla. Pero nada les pertenece más que sus papeles abollados, sus servilletas húmedas, sus cáscaras, sus manchas, sus tampones hinchados, sus condones con nudo. Precisamente por eso, porque dice de ellos mucho más que una foto familiar o una carta de amor, me lo encargan a mí. Dicen que la basura huele mal. Yo no digo que huela bien, pero creo que mal no es la palabra. La basura huele a verdad. No te hagas el anarquista, me dicen mis amigos. Yo lo veo al revés: no hay nadie más útil para el sistema que nosotros. A mí lo de la política me importa un bledo. Me da igual uno que otro. Eso sí: el escándalo de los desperdicios en la puerta del Congreso me hizo gracia. Nadie les presta atención a los residuos. Pero, en cuanto la gente se topa con unas cuantas bolsas apiladas, ya son la cosa más importante del mundo. No es que me queje. Conozco trabajos peores. En este por lo menos no hay que verle la cara a los jefes y se puede conversar con el compañero. Pero igual algún día, cuando sea viejo, me gustaría hacer otra cosa. Ser carpintero, catador de vinos o tripulante de un barco. Ver mucho, mucho sol. Oler distinto. La verdad cansa.

22 de noviembre de 2012

El labio de Gloria

A veces vemos películas como pretexto para curiosear en las vidas de sus actores, auténticos personajes de sí mismos. Después de gozar In a lonely place, joya noir de Nicholas Ray, me informo sobre la protagonista. Basta decir que iguala en magnetismo y misterio a su compañero de reparto, un tal señor Bogart. La película reflexiona con sutileza sobre el daño amoroso, el cual depende tanto de lo que el otro nos hace como de lo que sentimos que sería capaz de hacernos. Sin embargo, nada más fascinante que la historia de la propia actriz, Gloria Grahame. Su carrera fue precoz y terrible. Obtuvo una nominación al Oscar con 24 años. Ganó otro poco tiempo después. Trabajó con varios de los mejores: Cecil B. DeMille, Frank Capra o el mismísimo Ray, con quien acabaría casándose en segundas nupcias. Aquel matrimonio se rompió drásticamente cuando el director sorprendió a Gloria en la cama con su hijo de 13 años de edad. Con inquietante precisión, ella tuvo tres matrimonios que duraron tres años cada uno. El cuarto y último resultó el más duradero: ese cónyuge fue, curiosamente, el hijastro con el que se había acostado. Insatisfecha por el aspecto de su finísimo labio superior, Gloria se sometió a una cirugía. La operación le dañó el nervio y su labio quedó inmóvil. Jamás pudo recuperar una dicción normal. Desde entonces se dedicó al teatro, como había hecho su madre. Murió bastante joven. No sé si ahora sonríe.

15 de octubre de 2012

Aterrizar

Veo caer, caer, caer a Felix Baumgartner. La caída es tan inconcebiblemente larga que va perdiendo su naturaleza, empieza a parecer un estado voluntario. Lo milagroso no es el récord, sino ese fenómeno de monstruosa belleza. La mutación de su humanidad terrestre y bípeda. Mientras Baumgartner se precipita a más de mil kilómetros por hora, de repente me acuerdo del primer discurso público de Perec. En aquella ocasión, el joven Perec habló de la necesidad de lanzarse en paracaídas. De ese instante sin retorno en que, pudiendo callar o abstenerse o quedarse quieto, alguien habla, escribe: se tira. Al otro extremo del tiempo, en su último discurso, Perec se refirió al deseo de cambiar repentinamente de vida. De hacer todo lo que no se ha hecho. De decir lo no dicho. Finalmente, Baumgartner aterriza. No dice una palabra. No sabe qué decir. Tan sólo se arrodilla. Hasta que no lo narre, no habrá tocado el suelo.

31 de agosto de 2012

Bellos durmientes

Una amiga me explica que nada en el mundo le parece más sexy que un bostezo. Que, al bostezar, un hombre pone en acción todos y cada uno de sus músculos. Que, en ese exacto instante, un espasmo incontenible recorre sus cuerpos. El de él y también el de ella. Y que, de alguna forma, ella calibra la virilidad de sus posibles amantes a través sus bostezos. Quizás el amor perfecto consistiría en caer profunda e inmediatamente dormido, en cuanto nos la presentaran, ante la persona de nuestros sueños.

23 de abril de 2012

Los espacios vacíos

¿Has visto alguna vez la desnuda grandeza
donde no hay nada más que contemplar,
música y decorados sin igual,
montañas escalando al cielo gigantescas?

(…)

¿Has borrado las huellas que tus botas dejaron,
has osado adentrarte en lo lejano
y abrazado el tesoro al final del camino?
¿Has marcado en el mapa los espacios vacíos?


[fragmentos del poema The Call of the Wild, de Robert Service (1874-1958). Versión de Andrés Neuman.]

20 de enero de 2012

Tres monstruosas

Hasta que me topé con un artículo de Mariana Enríquez, brillante autora de Los peligros de fumar en la cama, nunca había entendido muy bien dónde residía la fascinación por ese cúmulo de exhibicionismos llamado Lady Gagá. Gracias a una observadora literaria, sin embargo, puedo leer de otra manera el personaje, sus intertextualidades visuales y su situación de género: «difícil aprehender a alguien que es raro, especialmente a una mujer, más aún a una mujer que es joven pero no es bella». Tanto Mariana Enríquez como Guadalupe Nettel me han parecido siempre delicadas analistas de lo monstruoso. Doble monstruosidad, la suya: consiguen ser poéticas, leves, matizadas a la hora de mirar lo horrible, lo oscuro, lo radical. De la narrativa de Enríquez, que piensa el gótico desde la periferia y viceversa, admiro su capacidad para atormentarnos sin clichés. Tormento y pureza suelen ser dos comodidades de la literatura barata. Tranquilizan. Dan permiso para condenar o salvar, que son las dos caras del simplismo moral. En cambio todo lo que dice y mira Enríquez –como Nettel en los cuentos de Pétalos y otras historias incómodas está estudiadamente pervertido. Acaso cualquier perversión consista en eso: en la elaboración estética de lo visceral.

16 de enero de 2012

Adherida

Cuando se muere alguien con quien te has acostado, dudas de su cuerpo y del tuyo. El cuerpo tocado se retira de la hipótesis del reencuentro, se vuelve inverificable, pudo no existir. Tu propio cuerpo pierde materialidad. Los músculos se cargan de vapor. Desconocen qué apretaron. Cuando se muere alguien con quien has dormido, no vuelves a dormir de la misma manera. Tu cuerpo ya no se suelta del todo en la cama, se abre de brazos y piernas como al borde de un pozo, evitando la caída. Intenta despertarse más temprano, comprobar que al menos se posee a sí mismo. Cuando se muere alguien con quien te has acostado, las caricias que hiciste sobre ese cuerpo cambian de dirección. Pasan de presencia revivida a experiencia póstuma. Imaginar ahora esa piel tiene algo de salvación y algo de violación del tiempo. De necrofilia a posteriori. La belleza que alguna vez estuvo con nosotros se nos queda adherida. También su temor. También su daño.

9 de enero de 2012

Tenían veinte años y sabían más que muchos (1)

Pienso en casos como el de Luna Miguel, agitadora poética, poeta agitada, joven estelar y estrella joven, a quien apenas he visto en mi vida. Síntesis de las virtudes y torpezas de su edad, que también fue (no disimulemos) la nuestra. Precoz en sus lecturas, reconocimientos y padecimientos públicos, su trayectoria tiene algo de laboratorio generacional. Más de un nuevo poeta he descubierto gracias a su blog. Y más de una vez he tenido la certeza de que, por encima de cándidas escatologías, en su escritura hay talento. Ritmo sensible. Cosquilleo sintáctico. No es poco para quien podría ser hija (o nieta) de bastantes de sus detractores. Lo afirmo ahora, antes de que semejante vocación cristalice en un libro importante, porque es precisamente ahora cuando vale la pena hacerlo. Acaso se equivoque convirtiendo una cara en una bandera, facilitando innecesaria (¿inseguramente?) que la imagen personal fagocite su genuina capacidad literaria. La cuestión es: ¿y qué? Los puritanos que censuran el uso de la apariencia física, que insisten en condenar tal reportaje o no sé qué fotito de una cadera, ¿no incurren fatalmente en la superficialidad que denuncian? Cada escritor vale lo que lee y escribe. Sus críticos, aquello en que se fijan.

14 de noviembre de 2011

Mito y cicatriz

No me fascina particularmente Marilyn Monroe. Pero siempre me ha fascinado la admiración de mi padre por ella. Digamos que soy su fan por pariente interpuesto: eso se llama memoria colectiva. Leyendo una crónica de su última sesión fotográfica, me entero de que la diva tenía una evidente cicatriz en el costado. La habían operado de la vesícula. Marilyn también tenía vesícula. Y callos. Y arrugas. Qué belleza. Bert Stern consiguió retratarla desnuda, o casi (todo gran desnudo es un casi). Al hacerlo, descubrió «una imperfección que la hacía parecer más vulnerable. Podías meter un dedo en su piel, como probar un merengue recién hecho». Lo que vio Stern, pero no se ve en las fotos, fue lo más propio de ella. La verdad. No dos tetas. Medianitas, tristonas. Ni el inicio del pubis. Concurrido, corriente. Sino eso: su marca. Esa herida en la piel. Stern desnudó a Marilyn justo antes de su muerte. Le hizo el amor, le hizo el horror. La convirtió de nuevo en Norma Jeane. Casi la salva.

8 de julio de 2011

La máquina de transgredir

Tal como la entiendo, la transgresión no sería un objetivo a priori. Sino una consecuencia necesaria del trabajo. Lo primero obedece a una especie de adolescencia estética. Lo segundo, entre tropiezos y dudas, puede conducir al arte. «Poesía», definió el poeta brasileño Oswald de Andrade en unos versos muy en sintonía con el movimiento creacionista en español, «es el descubrimiento de las cosas que nunca he visto». Ironizando sobre el hartazgo de la belleza tradicional, el autor declaró en su Manifiesto Pau-Brasil que, si jamás se había inventado una máquina de hacer versos, es porque ya existían los poetas parnasianos. Lo que los vanguardistas del siglo veinte no imaginaron es que, cien años más tarde, también se oxidaría la máquina de transgredir: la boutade. No me interesa tanto el urinario de Duchamp, la estridencia de lo banal fuera de contexto, como la maltrecha poesía que el lenguaje sería capaz de extraer reescribiendo ese urinario. Lo sórdido pidiendo auxilio a la belleza. Toda epifanía a tiempo me parece transgresora.