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16 de febrero de 2018

Fractura, 4 (Mariela)


Si lo pensás, la primera imagen de la bomba atómica que te viene a la cabeza no son sus víctimas. Es el hongo. Ves antes la explosión que todos sus muertos. ¿No es el colmo de la desaparición? Por eso mismo los supervivientes, se diesen cuenta o no, ya eran rebeldes. No les hacía falta ningún comportamiento heroico. Su simple existencia era contestataria, porque no estaban previstos. En eso consistía para mí lo político de Yoshie. Él militaba porque estaba vivo.


[de la nueva novela Fractura (Alfaguara). Más información, aquí.]

9 de agosto de 2015

Poemas atómicos (y 2)



Mi niño duerme
en esta tierra azul
con radiaciones.

Terai Sumie


*

Ya estoy harta de todo.
La enorme estatua de la paz alzada
sobre la zona atómica está bien.
Está bien, pero
no podemos comernos una estatua:
la piedra no combate el hambre de verdad.
¿No podían haber hecho otra cosa
con todo ese dinero?

Fukuda Sumako



(Estrofa y haiku tomados de White Flash/Black Rain. Women of Japan Relive the Bomb. Edición de Lequita Vance-Watkins y Aratani Mariko; Milkweed Editions; traducidos del inglés por Andrés Neuman. En conmemoración del 70 aniversario de la bomba de Nagasaki.)

6 de agosto de 2015

Poemas atómicos (1)



Fuegos artificiales
allá en el río: 
huesos ardiendo.

Utsumi Kanko



*


Puesto que hay tantos
pequeños esqueletos
aquí reunidos,
estos huesos más largos
deben ser del maestro. 

Shoda Shinoe



(Tanka y haiku tomados de White Flash/Black Rain. Women of Japan Relive the Bomb. Edición de Lequita Vance-Watkins y Aratani Mariko; Milkweed Editions; traducidos del inglés por Andrés Neuman. En conmemoración del 70 aniversario de la bomba de Hiroshima.)

4 de junio de 2015

Perder la habitación

Vuelo con equipaje atrasado, sueño de mano y dos libros: La mujer rota de Simone de Beauvoir y Cuadernos de Hiroshima de Kenzaburo Oé. En el primero de ellos, un diario ficcional repleto de emociones aforísticas, subrayo este sarcasmo acerca de un marido que se dedica a la investigación médica: «Obviamente, cuando uno carga sobre sus hombros la salud de la humanidad, el peso de una hija enferma apenas se nota». En el segundo libro, crónica de la posguerra atómica y homenaje a los médicos de Hiroshima, subrayo unos versos del poeta superviviente Sankichi Tôge: «Devuélveme a mi padre./ Devuélveme a mi madre./ Devuélveme a mis mayores./ Devuélveme a mis hijos./ Devuélveme a mí mismo». Mientras llego al hotel de Lyon, pienso que el caso de Oé parece opuesto al del personaje de Beauvoir, cuya obsesión por una gran causa colectiva le impide atender a un dolor cercano. Al mismo tiempo que investigaba sobre las víctimas de Hiroshima, Oé escribió la novela Una cuestión personal, que trata sobre la enfermedad de su propio hijo. Dejo mi equipaje en la habitación, bajo a cenar y entonces, frente a las puertas del ascensor, como un intertexto de carne y hueso, me topo con el señor Oé. Yo ignoraba por completo, o al menos no recordaba, que él fuese el encargado de inaugurar el festival al que he venido. Quizá consulté el programa cuando su presencia no estaba confirmada. O acaso una parte recóndita de mi memoria sí la retuvo, y por eso estoy leyendo los Cuadernos. Entre tartamudeos, le pregunto si tendría la generosidad de firmarme un libro. Oé asiente cortésmente y, con centenaria paciencia, toma asiento en el lobby mientras subo corriendo a buscar mi ejemplar. Me lo dedica en tinta roja, con ese temblor digno de los ancianos que viajan. Me da las buenas noches. Regresa al ascensor. Y desaparece. Yo me quedo contemplando los trazos de su nombre. Al cabo de unos minutos, Oé baja de nuevo. Se acerca al recepcionista y, para mi sorpresa, pregunta cuál es su habitación. Parece fatigado y sus movimientos delatan cierto extravío. Me acerco a ofrecerle ayuda. He perdido mi número de habitación, me dice Oé. No dice «he olvidado», sino «he perdido». No estoy seguro de si bromea. Podemos conseguirle otro número nuevo, sugiero manteniendo por si acaso la ambigüedad. Oé sonríe aliviado y saca de un bolsillo su bolígrafo rojo.

29 de marzo de 2013

Semana Santa o no tanto (y 2)

Si nos atenemos a la cuidadosa elección del nombre y a los significados de sus gestos, cabe deducir que Bergoglio es un hombre particularmente consciente del poder de los símbolos. Un Papa, en cierto modo, literario. No en vano alguna vez dio, según cuentan, clases de literatura. Quizá por eso mismo me inquieta su manejo de las metáforas y sus connotaciones. «Nuestra vida es un camino», fueron sus primeras declaraciones, «y cuando nos paramos la cosa no va». No estoy seguro de a qué paradas se refería. Pero creo que muchos agradecerían que el Vaticano se parase un momento a investigar los casos de pederastia internacional y corrupción financiera que ha tenido. Y que se detuviera a reflexionar por qué resultan tan frecuentes. El Pontífice poetizó también sobre la necesidad de edificar la Iglesia con «piedras fuertes», para que no le ocurra «lo que les sucede a los niños en la playa cuando hacen castillos de arena». Considerando el terrible expediente de abusos que continúan impunes, esta alusión veraniega a la infancia no me sonó precisamente oportuna. Sabemos que el Papa acudió a rezar a la basílica de Santa María en un Ford, vehículo menos lujoso que el que utilizaban sus antecesores, decisión que le granjeó fervorosos aplausos. Por desgracia, si para el resto del mundo el Ford puede ser un coche corriente, para los argentinos es además la marca de los célebres coches en que los militares acudían para secuestrar a los desaparecidos. Me cuesta entender que Bergoglio no recordara este detalle, de sobra conocido en la historia nacional, cuando eligió vehículo. O quizá se acordó perfectamente, y le pareció una sutil respuesta. La prosa del Pontífice está llena de recovecos. En eso no podemos negarle la maestría.

26 de marzo de 2013

Semana Santa o no tanto (1)

Entre el estereotipo y el desconocimiento, las potencias occidentales han recibido el nombramiento de Bergoglio como si se tratase de una decisión revolucionaria. Sin embargo, de dónde sea el Papa me parece poco relevante. La institución a la que representa tiene unos intereses que no van a cambiar por esa anécdota geográfica. Los antecedentes de Bergoglio como cardenal en la Argentina nos lo presentan con un perfil más conservador y diplomático de lo que muchos creen o desean. Lejos de ese «fin del mundo» del que proclamó provenir, sus contactos, decisiones, manifestaciones y silencios lo retratan como alguien dedicado a escalar a lo más alto. El Pontífice supo situarse entre dos corrientes opuestas de la Iglesia argentina, distanciándose tanto del sector ultraderechista (representado por el arzobispo Aguer y el Instituto del Verbo Encarnado) como de las posiciones sociales de Curas en Opción por los Pobres (OPP). Teniendo en cuenta los conflictos internos que amenazan al Vaticano, dudo que el Santo Padre se moleste en proponer cambios en su posición respecto a grandes cuestiones como el divorcio, el rol de la mujer, la homosexualidad o los anticonceptivos. Es decir, respecto a todo aquello que afecta realmente al «pueblo» que él mismo invocó, tras décadas de ausencia en los discursos papales. Bergoglio es, sin duda, un comunicador inteligente y eficaz. Por eso, tal como hizo en su país, se concentrará en cultivar determinados gestos públicos de humildad, austeridad y llaneza, convenientemente difundidos por los medios de comunicación. Llamémoslo marketing celestial. En cuanto a su actuación durante la dictadura militar, imagino que ahora aparecerán testimonios, llamativamente tardíos y oportunos, que tenderán a discutir las siniestras acusaciones que nadie refutó durante casi cuarenta años. Llamémoslos silencios elocuentes.

9 de julio de 2012

Síndrome de Videla

Igual que a largo plazo lo callado grita, los desaparecidos sobreviven reapareciendo una y otra vez. Lo hacen ellos mismos, en forma de fantasma tácito. O a través de los cuerpos que alumbraron. «Antes de ser Victoria yo era María Sol», recuerda una mujer criada por cómplices de los verdugos de sus padres. «Y cuando me llamaba María Sol, todo lo que aporté a la justicia era para proteger a mi apropiador. Y siempre tenés esa deuda interna con vos mismo». Un yo mismo radical, casi incalculable. Que equivaldría a la resta de todo lo que has sido, más la suma de aquello que no pudiste ser. «Cuando declaré, fue como exorcizar todo lo que hice cuando era María Sol. Mi apropiador falleció en 2003 y mi apropiadora en 2007. Yo los amaba profundamente, nunca los odié». En ese amor autofágico está escrita, entre Stevenson y Walsh, la espantosa novela de mis dos países.

19 de septiembre de 2011

Lo justo y lo sagrado

Más allá de las posibles corrupciones individuales, el caso de Schoklender y el dinero de las Madres de Plaza de Mayo se cimenta en una paradoja ética. Hay instituciones cuya propia función las convierte en sagradas. Y esa sacralidad simbólica es la que, trágicamente, facilita a veces la impunidad en sus acciones. Delicado opinar sobre este oprobio sin ser injusto con la historia. Pero la memoria histórica es, o debiera ser siempre, lo contrario del tabú.

10 de junio de 2011

Semprún causa aforismos

Ante la muerte de Jorge Semprún, intelectual bilingüe que logró el milagro de tener dos países además de dos extranjerías, Herta Müller escribe: «Siempre me he visto obligada a encuadrar en los libros de Semprún a mi padre, soldado de las SS. Siempre quise ser capaz de impedir que mi padre, incluso a posteriori, se convirtiera en soldado de las SS». La escritura como utopía retrospectiva: mejorar el pasado al conocerlo. Bernard-Henry Lévy lo resume con un aforismo: «Escribir no para sobrevivir, sino para revivir». Quizá la vida más digna consista en revivir al superviviente. Javier Solana, ministro de Cultura anterior a Semprún, deja anotada una contradicción en su Twitter: «Mejor silencio como recuerdo al amigo». El silencio es otra palabra. Callar, otra manera de provocar la glosa. «Desde hacía dos años», cuenta el propio Semprún en La escritura o la vida, «yo vivía sin rostro. No hay espejos en Buchenwald». Ese espejo imposible del horror se llamaría literatura.

5 de mayo de 2011

Acordarse de Sabato

Me recuerdo saludando a Sabato una mañana, por casualidad, en Madrid. Él realizaba su último viaje transatlántico, que inspiraría el libro España en los diarios de mi vejez. Me lo crucé a la entrada del hotel Suecia. Lo detuve y le dije: Es un honor verlo. Sabato, aquejado de sordera, me pidió que se lo repitiese. Es un honor verlo, insistí. Como Sabato no escuchaba, su acompañante le pronunció mi frase al oído. Ah, exclamó Sabato risueño, ¡yo le había entendido no sé qué de un horno! En ese instante recordé que, en lunfardo, horno significa infierno. Ningún gran escritor pasa a la Historia a través del horno ni del honor. Las contradicciones, los claroscuros, las rectificaciones, los retratan con lealtad. Un ser humano es eso. Lo otro es su estatua.

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(del artículo publicado en El País el 3 de mayo de 2011)

18 de febrero de 2011

El trono está vacío

Como comedia con guerra de fondo, El discurso del rey es menos incómoda que Mein Führer (con la que comparte el motivo del preparador de discursos) y menos ambiciosa que La vida es bella (con la que comparte la trampa del final tranquilizador). Sin embargo es probable que esté más lograda que ambas, por una razón tan antigua como el cine: todos sus actores están maravillosamente dirigidos. Nada más y nada menos. Qué placer escuchar diálogos eficaces en el tono adecuado. Qué facilón resulta seguir una historia facilona cuando el ritmo es el preciso. Qué confortable volver a casa habiendo trivializado el horror. Qué rápido se digiere el conflicto cuando el conflicto se evita. De obras maestras como El gran dictador o Ser o no ser, mejor ni hablamos. Porque entonces tendríamos que echarnos a llorar. Por el cine de risa. Por los tronos vacíos.

2 de febrero de 2011

Anciana rebelde

De la rebelde anciana Cynthia Ozick había leído Virilidad, pirueta maestra sobre las tres extranjerías: la nacional, la lingüística y la de género. Sobre el conflicto de leer y ser leído en una sociedad cuando se ha nacido en otro país, con otro idioma o mujer. Aparente sátira literaria, Virilidad toca los nervios principales de nuestro mundo con una ironía encantadora. Ahora repesco El chal, publicado con escasa repercusión hace hoy veinte años. El texto que da nombre al libro es uno de los mejores cuentos norteamericanos que he leído en los últimos años, junto con ‘Mortales’ de Tobias Wolff o ‘Gente así es la única…’ de Lorrie Moore. Ningún relato de campo de concentración me había impresionado tanto desde Sin destino de Kertész. Pero este campo carece de coordenadas. No habla de la Historia dolorosa, sino de la historia del Dolor. Una mujer amamanta a su hija sabiendo que morirá. Sin adjetivos. Con lacónico lirismo. Sobrecoge la renuncia a la ironía de la ironista Ozick. Su punto de vista es el de la compasión inteligente, milagro literario posible. La autora seca el lenguaje como se seca el pecho de Rosa, que sólo se nutre de aire y miedo.