Descubierto el Aleph, descifrada la rayuela, transitados Comala, Santamaría y Macondo, desencantadas ciertas magias que jamás existieron, excepto en los prejuicios etnocéntricos y en las conveniencias editoriales, acaso quede la subversión como genuina forma de respeto a esos antecedentes. Arturo Belano y Ulises Lima, nómadas por principio, no imitaron a nadie. O aprendieron de aquellos a quienes nadie imitaba, como Di Benedetto o Wilcock. Similares desvíos habían elegido Felisberto, Copi, Ribeyro, Lamborghini, Fogwill. Eso mismo podría decirse hoy de Aira, Eltit, Molloy, Uhart. Más allá de la convención gramatical, el vocablo maestro mastica el patriarcado de nuestras bibliotecas. Esas que esperan equidad con las Ocampo, María Luisa Bombal, Elena Garro, Clarice Lispector, Rosario Castellanos o Yolanda Bedregal. Esas donde Sabato pesa insólitamente más que Puig. Esas donde algún día los poetas se caerán del estante superior para mancharnos las manos. Maestros nos remite a nuestros padres y abuelos, que nos han enseñado tantas cosas, también a olvidar. Iría siendo tiempo de recordar la soledad de nuestras madres, los combates de nuestras hermanas y la impaciencia de nuestras hijas, a las que necesitaremos para reescribirnos.
(la palabra Maestro fue comentada para el número especial de Babelia sobre literatura latinoamericana y los 30 años de la FIL de Guadalajara)
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26 de noviembre de 2016
América, Maestro
5 de noviembre de 2012
Desordenar los manuales
Aunque ninguna etiqueta resume la realidad, algunas la mutilan hasta volverla incomprensible. De eso que llamamos Boom aprendí el abismo entre los rótulos y las obras. ¿Qué tiene que ver Lezama Lima con Onetti? ¿Por qué García Márquez (1927) y Vargas Llosa (1936) sí, pero Puig (1932) no? ¿Hasta cuándo maestros como Di Benedetto o Ribeyro seguirán fuera de la foto? ¿Por qué en el retrato generacional rara vez figuran poetas, habiéndolos brillantes? ¿No resulta sospechoso que Elena Garro, María Luisa Bombal, Rosario Castellanos o Clarice Lispector apenas aparezcan en las viriles listas de sus contemporáneos? De eso que llamamos Boom admiro su ambición estética, que me hace pensar en la infinitud de la escritura; y recelo de sus mesianismos políticos, que me hacen pensar en la patología del liderazgo. Y, en el centro de las generalizaciones, dos décadas de textos memorables: Zama, Balún Canán, Final del juego, El sueño de los héroes, El astillero, Pedro Páramo, El coronel no tiene quien le escriba, La ciudad y los perros, Las invitadas, Aura, El obsceno pájaro de la noche. Tanto que se merecen ser leídos como por primera vez, desordenando todos los manuales.
Microclaves:
Bombal,
Castellanos,
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escritura,
feminismo,
García Márquez,
Garro,
lectura,
Lezama Lima,
Lispector,
machismo,
Nobel,
Ocampo,
Onetti,
poesía,
política,
Puig,
Ribeyro,
Vargas Llosa
21 de septiembre de 2012
Cerrajeros y visionarios
Hace dos años y un mes, Fogwill tuvo la ocurrencia de morirse. Hace un año y un mes (cifra de apariencia arbitraria y estructura extrañamente calculada, acaso igual que él mismo) su hija Vera publicó un brillante artículo sobre el duelo. Aquel texto describía, con cierto amor a lo Perec, el interior de la casa de Fogwill sin Fogwill. El museo aún caliente de sus rastros. El desorden de alguien que parecía vivir metaforizándose, fundiendo intimidad y autorretrato. Vera irrumpe en la casa de su padre como una atenta intrusa de algo que le pertenece. Como una extranjera de su genealogía. Y, entre otros mil objetos que parecen una enumeración de Breton, encuentra llaves. Muchas. «Llaves que no abrían nada», especifica. Entonces pienso que hay dos clases de grandes escritores. Los que observan las puertas de su tiempo, para buscar las llaves que las abran. Por ejemplo, Borges o Calvino. Y aquellos que viven inventando llaves a la espera de que alguien, en algún lugar, encuentre al fin las puertas. Silvina Ocampo o, por supuesto, Fogwill.
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