20 de enero de 2012

Tres monstruosas

Hasta que me topé con un artículo de Mariana Enríquez, brillante autora de Los peligros de fumar en la cama, nunca había entendido muy bien dónde residía la fascinación por ese cúmulo de exhibicionismos llamado Lady Gagá. Para mí no pasaba de música mediocre y de icono mimético. Gracias a una observadora literaria, sin embargo, consigo leer de otra manera el personaje, su intertextualidad visual y hasta su propia condición femenina: «difícil aprehender a alguien que es raro, especialmente a una mujer, más aún a una mujer que es joven pero no es bella». Tanto Mariana Enríquez como Guadalupe Nettel me han parecido siempre delicadas analistas de lo monstruoso. Doble monstruosidad, entonces: ser poéticas, leves, matizadas para mirar lo horrible, lo oscuro, lo radical. De la narrativa de Enríquez, que piensa el gótico desde la periferia y viceversa, admiro su capacidad para atormentarse sin clichés. Tormento y pureza suelen ser dos clichés de la literatura barata. Tranquilizan. Dan permiso para condenarse o salvarse, que son las dos caras del simplismo moral. En cambio todo lo que dice y mira Enríquez, como Nettel en los cuentos de Pétalos y otras historias incómodas, está estudiadamente pervertido. Acaso la perversión consista en eso: en la elaboración estética de lo visceral.