9 de enero de 2012

Tenían veinte años y sabían más que muchos (1)

Pienso en casos como el de Luna Miguel, agitadora poética, poeta agitada, joven estelar y estrella joven, a quien apenas he visto en mi vida. Síntesis de las virtudes y torpezas de su edad, que fue (no disimulemos) la nuestra. Precoz en sus lecturas, reconocimientos y padecimientos públicos, su trayectoria tiene algo de laboratorio generacional. Más de un nuevo poeta he descubierto gracias a su blog. Y más de una vez he tenido la certeza de que, por encima de sus cándidas escatologías, en su escritura hay talento. Ritmo sensible. Cosquilleo sintáctico. No es poco para quien podría ser hija (o nieta) de bastantes detractores. Lo afirmo ahora, antes de que esa vocación cristalice en un libro importante, porque es precisamente ahora cuando vale la pena afirmarlo. Quizá se equivoque convirtiendo una cara en una bandera, facilitando innecesaria (¿inseguramente?) que su imagen personal fagocite su genuina capacidad literaria. La pregunta es: ¿y qué? Los puritanos que censuran el uso de la apariencia, que insisten en condenar tal reportaje o la fotito de la cadera, ¿no incurren fatalmente en la superficialidad que denuncian? Un escritor vale lo que lee y escribe. Su crítico, aquello en que se fija.