22 de junio de 2012

Música maltrecha

«No me interesa lo puro», se mancha Marta Sanz en un extraordinario texto acerca de su escritorio de trabajo. Me acuerdo entonces de Nicolás Guillén, quien cantó a la impureza en un célebre poema (que caía sin embargo en la pureza de la homofobia). «No impido que el ruido de fuera se cuele en la página», sigue sonando Sanz. «Abro. Ventilo. Ensancho la rendija». Esa rendija en ciernes, que es la interferencia del mundo, puede ser percibida como obstáculo o como material. El margen de la página que escribimos, ¿aísla o comunica? ¿Es más puente o placenta? En la respuesta a estas metáforas se juega quizá nuestra relación con el lenguaje. «Pego la oreja. Las voces me repercuten dentro como los graves de los altavoces». Porque a veces callarse es demasiado agudo. El silencio tiene algo de nervio: vive a punto de ser atacado. «Tampoco yo soy el silencio». Escuchar esta idea me hace hablar. Se me ocurre algún genio placentario (Juan Ramón), pero tiendo a admirar al escritor que encuentra música en mitad del ruido. Como el dial vibrante de una radio, que atiende alrededor hasta lograr su sintonía. Una radio apagada es perfecta y estéril. El silencio me interesa como maltrecho resultado. Como punto de partida esencial me parece aberrante, aparte de anacrónico. «Es importante la historia del vecino. Ojalá la luz filtrada por la cortina me manche el relato. Me lo arruine.» Tocan la puerta. ¿Voy o no voy? Ahora sí empieza el texto.