Al terminar ese libro, algunos lectores experimentan notables accesos de risa. Arrebatados por una dicha caprichosa, pasan el resto del día con cierta propensión a bromear con sus vecinos más antipáticos. Otros lectores permanecen inmóviles, incapaces de soltar ese libro, como electrocutados por el llanto. Las sombras los rodean poco a poco, adquiriendo la forma de los seres amados que se fueron. De vez en cuando, ese libro también desata olas de furia muy poco edificantes, nombrando la violencia silenciosa de quien acaba de descifrarlo. Estos casos no abundan, aunque existen y están documentados. Ciertos lectores, en cambio, tras repetirse en voz baja las últimas líneas, sienten la irrefrenable necesidad de abrazar a alguien, a quien sea, ahora mismo. Por regla general, su casa está vacía.