26 de junio de 2013

Poema de las dicciones

Magulladura, extinto, cántico. ¡Son tantas las palabras que nunca voy a usar! Hurgón, denuesto, chifla. ¿Pero es usar el verbo que las habla? Arcaduz, estipendio, montaraz. Mi boca es herramienta de cierto balbuceo que empieza antes de mí. Alhorre, malandrín, quebrantaolas. No quisiera morirme sin lamer, una vez cuando menos, cada vocablo que riega la lengua. Girola, rantifuso, zascandil. Sería parecido a despedirse mudo. Balumba, matrería, dovelar. Y la mudez, a cierta edad de eso que llamamos lenguaje, es todo lo contrario del silencio. Atarantar, ultílogo, soniche. El silencio, que tiene propiedad de balance, de último capítulo del ojo. Tramontar, poterna y aldabón.

21 de junio de 2013

Plan B


BANCO: entidad que protege el porvenir de nuestras deudas.

BANDERA: trapo de bajo coste que tiene un alto precio.

BAÑO: biblioteca sin prestigio.

BASURA: quintaesencia.

BESO: palabra articulada simultáneamente entre dos hablantes.

BIOGRAFÍA: manera en la que alguien va muriéndose.

BÍPEDO: criatura que hubiera preferido volar.

BOLERO: alegría de llorar.

BOSQUE: estrategia de distracción del árbol.

BÚSQUEDA: hallazgo casual de otra cosa.


15 de junio de 2013

El marco

Hace poco viajé a Londres con mi padre, de quien he heredado las ausencias de su propio padre. Cuando pienso en mi abuelo, tiendo a experimentar cierta orfandad que no me pertenece. Como si me hubieran educado en un hueco. Mientras nos dirigimos en metro a Hampstead, le pregunto por la época en que mi madre y él vivieron separados. Me intriga ese lejano período porque apenas lo recuerdo. Con el paso de las estaciones, sin embargo, el discurso de mi padre se desvía una vez más hacia mi infancia, revisitando anécdotas que me cansan y enternecen a partes iguales. Lo más incómodo de que los padres narren en público nuestros orígenes no es ese impúdico entusiasmo con que nos describen tropezando, llorando u orinándonos, ni tampoco sus predecibles reiteraciones. Quizá lo inquietante sea que, mientras nuestro progenitor parece refrescarnos la memoria, lo que hace es reorientarla, modelarla, suscribirla. Apropiarse amorosamente de nuestra identidad remota. Mi padre rebobina mi vida mientras el metro va dejando cada estación atrás. Le acaricio la espalda, compruebo el parecido de nuestras caras y nos bajamos. Consultamos en un mapa la ubicación exacta de nuestro objetivo. Como es la primera vez que mi padre ve Londres, me toca hacer de guía. Eso invierte de algún modo nuestra edades. Recorremos las calles de Hampstead, sus jardines ensimismados. Después de un par de extravíos, localizamos al fin nuestra meta. Nos detenemos frente al portón claro con su gran ojo de buey. Mi padre lo contempla fascinado. Pero es lunes, y la casa de Freud está cerrada. Así que la merodeamos con la concentración de dos futuros asaltantes. Damos vueltas y vueltas alrededor de la casa, envolviendo el lugar que no hemos podido ver. Como poniéndole marco a un retrato vacío, mientras nos riega la elíptica lluvia.

10 de junio de 2013

La crisis como patria

Una diferencia significativa entre Latinoamérica y Europa radica en la extensión de sus respectivas clases medias: factor que conviene tener en cuenta para no frivolizar en las comparaciones. Pero esta involutiva Europa tendría mucho que aprender de la otra orilla, si no fuese porque en general se limita a subestimarla políticamente o a colonizarla económicamente. Un ciudadano latinoamericano da por sentado que su país puede irse al carajo en cualquier momento. Como si la crisis fuese el campo de juego. Una patria en sí misma. El ciudadano europeo hoy tiende, en cambio, a quedarse perplejo o deprimirse frente a la crisis. Como si esta formara parte de algún inexplicable error de cálculo. A mediados del pasado siglo, el continente entero estaba devastado y sumido en la miseria. Si se salió de dos posguerras mundiales, debiera ser posible reconstruirse tras el bombardeo de la troika. Claro que, para eso, antes sería necesario reconocer lo demolido.

3 de junio de 2013

Disco duro

Hoy, en el instante previo al despertar, he creído distinguir entre los pliegues de mi mente algunos recuerdos perdidos, ideas que estuve a punto de tener, surcos de errores que voy a repetir, imágenes en fila con su nombre. ¿Y si toda la historia de la informática fuese un autorretrato destinado a obtener, literal, extrañísimo, un cerebro humano?