30 de noviembre de 2010

Nostalgia, no te creo

Me gusta Philip Larkin, entre otras razones, porque no idealiza la infancia perdida. Porque sabe que ahí también hubo dolores, ruido, oscuridad. A esa manera escéptica de ser nostálgico la tituló, en uno de sus libros, El engaño menor. Otro poemario suyo, Ventanas altas, acaba de ser publicado por la editorial argentina Gog y Magog en versión del extraordinario Marcelo Cohen. A Larkin cualquier pasado le parece íntimamente sospechoso. Leo: «Me pregunto si/ cuarenta años atrás, mirándome, alguien/ habrá pensado: Eso es vida». ¿Eso es envejecer?, me pregunto leyendo. Eso es poesía.

29 de noviembre de 2010

El huevo o la política

Contemplo esta expresiva imagen del portavoz del Partido Socialista de Cataluña, que acaba de hacerse tortilla en las elecciones. ¿Qué estaba antes: el huevo o la política? ¿La crisis viene del mal gobierno, o el mal gobierno viene de la crisis? Mientras tanto los huevos se estrellan en las cabezas. Y nadie tiene huevos de gobernar con cabeza.

28 de noviembre de 2010

Ortografía, truhana

No me parece mal que, un par de veces por siglo, el software de nuestra preciosa lengua se actualice ligeramente. Mucho más (y peor) se actualizan otros sistemas operativos. Me gusta que el idioma haga gimnasia. Pero de pronto digo en voz alta la palabra truhán y, honestamente, no escucho un monosílabo. Tampoco al pronunciar guión. Devoción ortográfica, socórreme en mis tiempos de flaqueza. Amén. Y, por supuesto, amen.

27 de noviembre de 2010

La Matute y el caballito

Me ha alegrado el premio Cervantes de Ana María Matute. Para ser más preciso, me ha aliviado. Los reconocimientos merecidos nos dejan con la sensación provisional (y por supuesto falsa) de que tarde o temprano se hace justicia. Celebremos la noticia y olvidemos su tardanza. Aunque se trata de una excelente novelista, Matute es también autora de un pequeño gran libro por el que tengo debilidad: Los niños tontos. Un volumen de 21 microrrelatos fingidamente infantiles que bordean la poesía con sencillez, dolor y humor trágico. Uno de mis predilectos se titula "El tiovivo". Palabrita española que, dada la panhispanidad de la ocasión, recordemos que tiene un sinómino afrancesado: carrusel, y otro latinoamericano: calesita. «Qué hermoso es ir a ninguna parte», piensa el niño de la historia dando vueltas en él. Como esos artefactos giratorios, probablemente los premios no conduzcan a ninguna parte. Pero a veces su caballito tonto se posa en quien sabía galopar.

25 de noviembre de 2010

La rara percha

Amar pertenece al orden natural: como colgar la ropa en una percha. Ser amado es tan raro como colgar la percha en una ropa.

24 de noviembre de 2010

Primera tercera persona

Aterrizo en Buenos Aires y busco a sus poetas, que son un segundo modo de aterrizar. Leo a Javier Adúriz, poeta argentino hijo de españoles. En su libro Esto es así, una idea me detiene: «Hay una distancia considerable entre decir yo y escribir el yo». Conjugar en primera persona es un espejismo mecánico. Se hace, se pronuncia por defecto. Pero escribir un yo implica construirlo. Y, por lo tanto, desmontarlo antes. De pronto se me ocurre una pregunta. ¿Qué nos sucede cuando, en vez de decirlo o escribirlo, simplemente pensamos: yo? Quizá que una voz nos contesta: «él». Toda persona que habla cambia de lugar. El exilio sería eso.

22 de noviembre de 2010

En busca del tiempo secuestrado

Converso con amigos chilenos sobre la normalización de la memoria del pinochetismo. Uno de ellos me cuenta que, hasta hace no mucho, llamar públicamente dictadura a la dictadura podía sonar ofensivo. Al parecer eso empezó a cambiar con el arresto de Pinochet en Londres, adonde el genocida había volado confiando en su asombrosa condición de senador vitalicio. Una hora después de esta conversación, voy a una tienda de películas en la calle Merced, en el centro de Santiago. Compro una adaptación chilena de Proust: El tiempo recobrado de Raúl Ruiz, probablemente el mayor cineasta en la historia del país, exiliado en Francia tras el golpe de Estado. Pregunto también por un conocido documental de Patricio Guzmán, en el que se alternan testimonios de los secuestrados con las vicisitudes del encauzamiento al general: El caso Pinochet. Al escucharme pronunciar este título, un cliente muy bien vestido se vuelve para decirme: «¿Y qué caso es ese?». En la tienda no aparece el documental. Los vendedores tampoco parecen esforzarse demasiado en buscarlo. Me despido de ellos y salgo a la calle. Menos mal que, en vez de El tiempo perdido, llevo en una bolsita El tiempo recobrado.

21 de noviembre de 2010

Teoría de los trasnochadores

Los trasnochadores se quedan despiertos porque contemplan, proyectados en las paredes, los sueños ajenos. Después, cuando amanece, se acuestan a soñar con lo que han visto. Puede decirse que sueñan dos veces.

20 de noviembre de 2010

Los que tiemblan

De visita en Santiago de Chile, todo el mundo me cuenta qué estaba haciendo cuando ocurrió el terremoto de febrero. Muchos lo narran con cierto humor: así parece que ha pasado más tiempo del que ha pasado desde la tragedia. Ahora empieza el buen tiempo. El sol quiere volver. Camino por la comuna de Providencia. El suelo descansa. Los pies siguen temblando.

18 de noviembre de 2010

La visión

Vuelvo al hotel con ese aire de fracaso óptico que persigue al viajero contemporáneo. O sea, con la sensación de no haber visto nada de lo que podría haber visto. Subo a mi habitación. Trabo la puerta. Me recuesto agotado en el sillón. El televisor aguarda, negro. Las cortinas ocultan la ventana. Abro Tormenta de uno, del poeta Mark Strand. Leo: «Si la ceguera es ciega para sí misma/ entonces la visión vendrá». Cierro los ojos. Ahora sí. La noche brilla.

16 de noviembre de 2010

Réquiem de Atocha

Mientras desciende la escalera mecánica, quieto y en movimiento, contemplo desde arriba la estación de Atocha. Su multitud en tránsito. Su vegetación interior. Todo parece en orden, o en armónico desorden. Hay algo de la música de las esferas en este ir y venir. La vida es un trajín de direcciones. Pero toda esta gente, todo lo que llamamos realidad, podría desintegrarse en un instante. No consigo pisar esta estación sin pensar en el atentado. Ha quedado algo en el aire. Un eco expandiéndose. Una inminencia retrospectiva. Como si cada mañana la catástrofe estuviera a punto de suceder. Más que un recuerdo, es un rebobinado. La escalera llega a la planta baja. Pongo un pie en este suelo.

15 de noviembre de 2010

Llamadas telefónicas

Pienso en ese aparato que ya forma parte de nuestros despertares y abluciones. Como desayunar, ducharse o lavarse los dientes. Pienso en ese aparato a veces redentor, a veces maléfico. Que nos ofrece vigilancia y aventura, culpas y libertades. En España lo denominan móvil. Dicho así suena dinámico, viajero, positivo. Pero en Latinoamérica lo denominan celular. Dicho así, uno comprende que se trata de algo que penetra en tu organismo, lo infecta, se reproduce. Y te llama, te llama, te llama. Consulto la palabra celular en el diccionario académico. La segunda acepción reza: «Dicho de un establecimiento carcelario: donde los reclusos están sistemáticamente incomunicados». A la filología nunca se le va la cobertura.

13 de noviembre de 2010

La zona azul

Exploran mi lunar. La dermatóloga tiene estudiantes en prácticas. Mientras un monitor proyecta mi mancha como un archipiélago visto desde una avioneta, la doctora les describe la naturaleza del nevus congénito. El nevus congénito, dice, tiene bordes geográficos. O sea, irregulares y no muy definidos. Y tiene, continúa, una pigmentación flotante. O sea, más dispersa. Y también tiene, añade, unas zonas azules. Esas zonas, explica, se hunden más. Pueden ser profundas. Y muy inciertas. Aunque mutaran malignamente, nosotros desde aquí no podríamos verlo. Yo giro la cabeza. Miro a la doctora. Miro mi lunar en el monitor. La zona azul, entonces, es el punto donde la salud y la enfermedad se cruzan. Tarde o temprano todo lirismo es cruel.

12 de noviembre de 2010

La carrera

En Seúl, sobre hojas secas, Cameron y Zapatero corren juntos. El presidente inglés suda una camiseta que proclama a su isla como eje del mundo. El presidente español se abriga con los colores de su país, que está pasando frío. Cameron y Zapatero corren, corren. Tratan de darse prisa. No saben cuál de los dos llegará antes a los próximos recortes sociales. En la línea de meta, mientras tanto, sonriente, consumiendo isotónicas, Rajoy aguarda para dar el relevo. Se siente muy capaz de superar sus marcas.

11 de noviembre de 2010

Help, Aleph

Después de navegar demasiado por internet, poseído por la inercia de buscar para saber qué busco, incapaz de apagar el aparato, tecleo ayuda en el buscador. El primer resultado es «ayuda psicológica»: terapia en línea. El segundo resultado es la entrada de wikipedia que define la palabra ayuda. El tercer resultado es una ayuda para configurar el ADSL. El cuarto resultado es la ayuda del propio google. ¿Por qué lo llamamos navegación cuando queremos decir naufragio?

10 de noviembre de 2010

La Transición

En una misma semana, dos célebres escritores patrios se han autorretratado. Pero, sobre todo, han retratado a dos generaciones educadas en ciertos valores (por llamarlos de algún modo) que siguen existiendo, aunque la España que los crió ya no exista. ¿O sí? A Sánchez Dragó le gustan las niñas y también le gusta jactarse de ello. De hecho, la prostitución infantil le parece todo un lujo, tal como contó en Radio Nacional durante aquellos dorados años de movida y modernización socialista. Lo interesante es que este individuo nunca fue un repudiado outsider, sino un presentador de programas culturales en diversas televisiones públicas. Nuestro autor más leído, Pérez Reverte, opinó mientras tanto que, si un ministro llora en público, le faltan «huevos» o es «un mierda» (la antropomorfización es suya). Más allá de sus nostalgias por el honor barroco, cuando los derechos humanos no existían, cabe recordar que nuestro popular novelista pertenece a la Real Academia. Mientras las instituciones, y no sólo las culturales, estén habitadas por estos arquetipos viriles, la Transición seguirá en marcha. Y con qué marcha, coño.

8 de noviembre de 2010

Bienvenida, traducción

A la entrada del hotel, un letrero anuncia: «Ya estás en Málaga. Ya eres de Málaga». Me gusta esta bienvenida que sugiere que los extranjeros no existen. Pero lo que me fascina son sus traducciones para los viajeros de otras lenguas. La frase original parece simple, y ninguna de sus cuatro traducciones dice lo mismo. «You are now in Málaga. You are now part of Málaga». Aunque la estructura sea idéntica, el matiz adverbial de now enfatiza la provisionalidad del visitante: estás aquí, en este momento. El texto en español, en cambio, adopta permanentemente al huésped. Le otorga un pasaporte imaginario. «Tu es maintenant à Málaga. Tu es désormais de Málaga». Esta versión combina ambas temporalidades: estás de paso, pero de ahora en adelante quedarás impregnado. «Willkommen in Málaga! Fühlen Sie sich hier zu Hause». Este recibimiento es puro Biedermeier: siéntase en casa. Bien, ¿y a quién le pertenece la casa? «Finalmente sei a Málaga, sei uno di Málaga». La conclusión es fiel: si estás aquí, eres uno más de aquí. Sin embargo el comienzo de la frase, finalmente, insinúa que hemos tardado un poco. Que podríamos haber llegado antes. La puntualidad no es una expectativa italiana. La traducción: ese reloj demente que abarca todas las zona horarias.

7 de noviembre de 2010

¿Y por qué no?

«¿Por qué escribe?» Todo escritor padece a menudo esta pregunta. Que contiene quizás una implícita acusación: «¿No debería usted estar haciendo otra cosa?» Un vendedor, un electricista o un fisioterapeuta, que sin duda desempeñan oficios más respetables, rara vez necesitan contestar a la pregunta de por qué hacen lo que hacen. Por suerte, acabo de reencontrarme con un soneto de Óscar Hahn (poeta capaz de hacer que las formas clásicas parezcan raras) titulado ‘¿Por qué escribe usted?’. Valga como respuesta permanente:

Porque el fantasma porque ayer porque hoy:
porque mañana porque sí porque no
Porque el principio porque la bestia porque el fin:
porque la bomba porque el medio porque al jardín
Porque Góngora porque la tierra porque el sol:
porque San Juan porque la luna porque Rimbaud
Porque el claro porque la sangre porque el papel:
porque la carne porque la tinta porque la piel
Porque la noche porque me odio porque la luz:
porque el infierno porque el cielo porque tú
Porque casi porque nada porque la sed
porque el amor porque el grito porque no sé
Porque la muerte porque apenas porque más
porque algún día porque todos porque quizás

6 de noviembre de 2010

En la taberna

De visita literaria en Zaragoza, entramos a comer en una taberna de machos. Una taberna de machos es un lugar donde se parte el pan con un solo movimiento de dedos, se bebe el vino en jarras opacas y se mastica haciendo un ruido misterioso con las mandíbulas. Un ruido no a comida sino a cristales, a luz astillada, a cosa no dicha. Los machos comen en mesas separadas, hombro con hombro sin llegar a rozarse, conviviendo de perfil. De pronto notamos que todos ellos tienen la mirada perdida en el extremo opuesto del comedor. «Es», me dice Ismael Grasa, «como si estuvieran mirando un televisor que ya no está aquí». La soledad es eso, pienso: un televisor que ya no está. «Aquí tienes mi amor», me susurra al oído Manuel Vilas entregándome su poesía reunida, que se titula Amor. Nos quedamos callados. Después partimos el pan.

5 de noviembre de 2010

Rousseau 2.0

El prestigioso semanario alemán Die Zeit, en plena crisis económica y ante el supuesto declive del periodismo impreso, ha aumentado su tirada en papel, sus ventas de ejemplares y sus beneficios anuales. El diario tiene también una elaborada edición digital, donde no se reproducen todos los contenidos impresos ni se cuelgan de forma simultánea. Leo unas interesantes declaraciones de su director acerca de lo que él denomina las «creencias pararreligiosas» de internet. «Soy contrario», opina, «a la idea de internet como único medio democrático, como única esperanza, como única salida». Ciertamente, hay algo inquietante en el adanismo con que a menudo se concibe la Red (quizá porque aún no sabemos usarla): como un espacio libre a priori, pletórico de derechos y carente de deberes. Como un segundo mundo destinado a cumplir nuestras antiguas utopías de libertad absoluta. Como si, espontáneamente, navegar nos volviera mejores ciudadanos. Como si el internauta fuese bueno por naturaleza. El que esté libre de pecados virtuales, que tire el primer ratón.

4 de noviembre de 2010

Sonetea Party



Sarah Palin, tus gafas de diseño
van un siglo delante de tus ojos,
tus discursos provocan desalojos
y tus picnics engordan a tu dueño.

Sarah pálida, rezas de costado
y te cuesta entender el feminismo:
una mujer al mando no es lo mismo
que mandar a tus monjas al Senado.

My dear, no confundas los principios
con las tartas de fresa y los pasteles
que financian mormones municipios.

Tus misas son misiles filisteos,
conviertes inmigrantes en infieles
y tus bombas de crema, en bombardeos.

3 de noviembre de 2010

Tic-tac, Rilke

Esta tarde, horror, me he sorprendido escribiéndole una carta a un joven poeta. En ella le decía: «Tienes talento y tiempo. Y también, quizá, prisa. Pese a las advertencias paternalistas, esto último resulta inevitable. Tampoco es necesariamente malo, si se conjuga con la autoexigencia y el apetito por trabajar. Que la poesía requiere paciencia es algo que cualquier poeta acepta pronto, reescribiendo sus poemas y advirtiendo sus incesantes defectos. Pero de ahí a pretender reprimir la ansiedad, que es una de las emociones más intensas y constitutivas de la juventud, media un abismo en el que caen los mayores cascarrabias. Mayores poco sinceros con su memoria personal. Hay autores precoces y autores tardíos. Cada escritor tiene su propio ritmo. Lo demás pertenece a la mitología de la madurez, que no se alcanza nunca o se alcanza sin querer». ¿Cuántas cartas a jóvenes poetas hará falta escribir para dejar de serlo? No sé. Ojalá Rilke me hubiera mandado una carta, aunque sólo fuese para ordenarme que no escribiese más. El gran Rilke, que cantó sobre Buda: «Él, que olvida lo que experimentamos/ y experimenta lo que nos niega».

2 de noviembre de 2010

El monstruo Eso

Con ocasión de la noche de brujas, El Cultural nos preguntó a varios escritores cuáles eran nuestros monstruos literarios predilectos. Ganaron el mestizo Frankenstein, el ávido Drácula y el maravilloso doctor Jekyll, autorretrato de cualquier persona decente. No sé si hablar de monstruos literarios será una paradoja o una redundancia. En cualquier caso, mi breve respuesta fue: Mi monstruo literario favorito no tiene nombre, ni cara, ni atributos concretos. Es una fuerza invisible y quizá podríamos denominarla Eso. Protagoniza casi toda la poesía y también muchas narraciones, como 'Casa tomada' de Cortázar. Eso: lo desconocido o postergado. Eso: lo silenciado que vuelve, empuja y reclama su lugar en nuestra casa.

1 de noviembre de 2010

El transporte

Feliz día de los vivos. De los vivos que transportan a sus muertos. Como el caracol que lleva su pasado y su futuro, que va y viene a la tierra.